El traficante de mujeres

Imagen relacionada

Der Mädchenhändler, George Grosz, 1918

Acércate, chica. No muerdo, ya no me quedan dientes. Hace unos años, quizás te habría dado un mordisquito, pero ahora… No seas tímida, anda. Tómate una copa conmigo, quieres? Eh, Pedro, ponle una copa a esta joven, lo mismo que tomo yo. No te he visto por aquí, ¿eres nueva en el barrio? Tampoco eres ninguna de mis chicas. El alcohol me hace olvidar, se ha llevado algún que otro diente y otras cosas más, pero mi cabeza todavía sabe quiénes son mis chicas. Claro, el dinero siempre despierta ciertos mecanismos, ¿no crees? Gracias, Pedro. Aquí tienes, querida.

Tienes un buen tipo, eres joven, ganarías una pasta si decidieras dedicarte a nuestro oficio. Digo nuestro, porque estoy en ello unas cuantas décadas ya. Aquí todo el mundo me conoce. Antes me tenían respeto, miedo incluso. Ahora ya, a veces se dignan de invitarme a una copa. ¿Fumas? Hazme el placer de compartir un cigarrillo conmigo, con un hombre ya mayor.

Me pregunto cómo he sobrevivido, pero el destino tiene su propia lógica, he dejado a intentar averiguar el porqué. Sí que acabé un par de veces en el hospital después de que algún novio ingenuo me diera un navajazo. Pobres, creían que sus novias tenían un trabajo honesto, o que las había obligado yo a venderse. Las mujeres sois unos seres diabólicos, y sabéis cuando es mejor mostrarse sumisa y obedecer. La calle no es para cualquiera, hay que ser fuerte, hay que saber aguantar, y hay que saber venderse. Yo a mis chicas siempre las enseñé cómo protegerse y cómo venderse. Por eso pocas se han ido, pero cuando una quiere irse, es mejor dejarla. Uno tiene que saber cuando hay que tener una mano firme con sus chicas.

¿Ves esta cicatriz aquí, en el cuello? Apenas sobreviví aquel baño de sangre. Una noche pasaba a controlar las calles donde tenía posicionadas a algunas, y de repente, de un portal me asaltó un marido. Su mujer le había dicho que tenía turno de noche en el trabajo, pero él había salido con sus amiguetes. Y, claro, el primer sitio al que van es a una de mis calles, de mis zonas, y reconoce a su mujer, charlando con un cliente. A mi todo esto me lo contaba entre un puñetazo y otro, un tío musculoso. Como lo del deporte nunca me ha ido, acabé en el hospital con la nariz y un par de costillas rotas. Hay que ver, lo preocupada que estuvo la esposa de este tipo. Se sentía culpable, venía a visitarme en el hospital, aunque su marido también le había dado una paliza tremenda a ella. Si, si, así sois las mujeres: un poco de atención y os desvivís por el hombre, aunque os haga salir a la calle y pasar noches de frio para ganar algo. Yo a mis chicas siempre las he tratado bien. Así es cómo hay que trataros. Mostrar un poco de respeto y atención, pero siempre dejar claro que soy yo el que paga y da trabajo, soy yo quien manda. Si no, se os suben los humos muy rápido a la cabeza y os creéis unas reinas. ¿Eh? Tú también eres así, me parece, también vas de reina. Anda, no te indignes, no hay que tomarse la vida muy en serio. Que no es justa, pues claro, cómo va a serlo. Pero, ¿a quién le importa si la vida es justa, si hay que vivirla y ya está?

¿Ves a esa chica ahí sentada en la esquina, con el señor? Dejame ponerte más vino antes. Cuidado, no te voy a llenar el vaso, pero es bueno tener un par de tragos delante para cuando nos acordemos de las medicinas amargas del destino. Aquí tienes, querida. Salud. No te importa brindar con un perro viejo como yo, ¿cierto? Gracias. Esa chica es la reina del arte de la seducción. Fue mía, vino un día hambrienta y sucia, llevaba días sin encontrar cobijo. La bañé, le di de comer, y le di trabajo. Cuando uno ha tocado fondo, cualquier pajita parece la salvación. No se quejó, ni pidió nada, agradecía todo lo que le daba. Ante mis ojos se convirtió en una mujer magnífica. Era lista, aprendía de todo y de todos. Sobre todo, de mí. De mí, sí. Ya… Era imposible no perder la cabeza por ella. Las mujeres agradecéis los cuidados poniéndoos más guapas para el que los brinda. Nunca supe si ella me amó: llamémoslo riesgo de la profesión. Cuando quiso irse, la dejé ir. Me rompió el corazón. Desde entonces, unos años ya, siempre tengo un vaso lleno delante de mí, para ensordecer los gritos de dolor. Y dicen, que el corazón no duele. ¡Cómo que no! No se me pasa. Ya no se me va a pasar nunca, en esta vida. Un corazón roto necesita su tiempo para cicatrizar. A mí ya no me queda tanta vida. El alcohol… Vengo aquí, y espero cruzarme con ella. La observo desde mi mesa…nunca me acerco. Ella me saluda, con un gesto cariñoso, al pasar. Nunca se para, aunque sabe que vengo por ella. Yo nunca sé si el cariño es sincero, o le da pena ignorarme. Pero agradezco cada mirada casual, cada toque involuntario. Si una mujer quiere irse, hay que dejarla ir.

¿Tú también te quieres ir ya? Bueno, querida, gracias por dejar a un viejo como yo disfrutar la compañía de una mujer tan joven y guapa como tú. Que seas feliz, querida, la vida hay que disfrutarla tal y como venga. Que te vaya bien.

Anuncios

4 pensamientos en “El traficante de mujeres

Responder a William Connors Cancelar respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.