La venganza

Después de que Ana rompiera con él, Ramón llegó a esta conclusión: debía suicidarse. Le parecía la única respuesta digna a un golpe semejante. Tenía que castigarla de alguna manera.

– Me va a recordar – murmuraba entre dientes.

Suicidarse le parecía la mejor venganza. Además, no le apetecía responder a las preguntas de su familia numerosa o a los vecinos sobre el por qué se les había roto el amor:

– Que se coma ella el marrón. Cuando ya no esté, que se lo explique ella. – Se imaginaba la cara de Ana, torcida de pena y vergüenza. Sí, sobre todo de vergüenza. Se puso tan contento que incluso pasó por encima del hecho que no estaría para verlo.

Entusiasmado con su plan, se dirigió hacia la farmacia.

– Buenos días – dijo con su voz clara, y bien alto.

– Buenos días – la chica en la farmacia no parecía impresionada de su saludo.

– Busco somníferos – puso una nota de secretismo en su voz, estaba a punto de contarle su plan. Esperaba que la chica se lo preguntaría, pero ella no parecía lo suficientemente sensible como para darse cuenta de las matices de su voz.

– ¿Qué somníferos necesita?

Se acordó que había visto las pastillas de su madre. A ella a veces le resultaba difícil dormirse, por eso se ayudaba con alguna pastilla de vez en cuando. Mencionó el nombre que había visto en el sobre. No estaba muy seguro, pero supuso que era lo que necesitaba.

La chica puso un paquete sobre el mostrador y dijo el precio.

– Me da dos, por si acaso – Seguía con su tono secreto, intentó poner algo de este secretismo significativo en su mirada, pero la chica seguía sin impresionarse. Puso otro paquete sobre el mostrador. Ramón pagó y salió.

Se fue a casa y ordenó los dos paquetes en la mesita de noche en su cuarto. Después, lo primero que hizo fue ducharse. Uno tenía que irse de la vida bien limpio. Mientras se duchaba sonreía contento de su plan, imaginándose la cara de Ana.

– Se va a enterar esta.

Eligió la ropa que quería ponerse: algo oscuro, pero con estilo, elegante. No demasiado serio. Eligió unos pantalones negros que se había puesto para Semana Santa y una camisa, también negra. Se felicitó por su decisión de suicidarse con pastillas: un método sencillo y elegante, sin dolor, sobre todo limpio. Se podría decir que era una muerte minimalista. Se vistió delante del espejo, despacio, con movimientos solemnes y algo pesados: tenía que celebrar sus últimos momentos. Se miró bien de frente y de los lados y aprobó su último aspecto. Definitivamente, así podía morir. Luego se fue a la cama y con cuidado, para no arrugar los pantalones, se estiró sobre las sábanas. Por un momento pensó si debía meterse debajo de ellas, pero le pareció más elegante que le encontraran encima. Giró la cabeza hacia la mesita de noche, donde había ordenado las pastillas. No quería dejar envoltorios vacíos por ahí, a su madre no le iba a gustar el desorden. Con mucho cuidado se levantó, se fue a la cocina y cogió un vaso pequeño, de los que su madre usaba para ponerse el licor. En su cuarto, sacó las pastillas una a una y las puso en el vasito. Se dio cuenta que había olvidado ponerse agua, así que volvió a la cocina, llenó un vaso de agua. De camino cogió una servilleta y en su cuarto la dobló antes de ponerla debajo del vaso. No quería dejar manchas sobre la mesita. Bien, ahora todo estaba listo. Se estiró otra vez, arregló las piernas de los pantalones y espiró satisfecho. Había llegado el momento. Otra vez giró la cabeza hacia la mesita. Le gustó ver el vasito de licor lleno con pastillas, como caramelos blancos, y junto a él, el vaso de agua con la servilleta correctamente doblada. Sí, daban un conjunto elegante. Pensó un momento cómo debía tomar las pastillas. ¿Una a una, o todas juntas? Estrechó la mano y cogió el vasito. Puso una pastilla en la boca y la saboreó. Algo amarga. Nunca le había gustado el sabor de las pastillas. La sacó de la boca. Miró otra vez el vasito. Si no le gustaba el sabor de una pastilla, ¿cómo iba a tragarse un vaso entero lleno de pastillas?¿Y si sin querer las vomitara, que iba a hacer con esta porquería sobre su cama? ¿Y qué iba a decir su madre al encontrarse restos de vómito? Pensó otra vez. Quizás no era una buena idea suicidarse. O por lo menos, no hoy. Dejó el vasito sobre la mesita. Además, se acordó que su madre quería ir de compras con él esa tarde. De todos modos, ya se le ocurriría otra manera de vengarse a Ana. Se levantó de la cama, se cambió de ropa después de doblar los pantalones y colgar la camisa en el armario para que no se arrugaran, y salió de casa.

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