Lo amarás sobre todas las cosas

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En mi casa, cada domingo se comía pasta con salsa boloñesa: no tenía nada que ver con el hecho de que tenía algún bisabuelo italiano y mis padres querían honrar sus raíces. Más bien, mi madre quería descansar, así que preparaba una vez al mes una olla enorme con salsa boloñesa – bastaría para el almuerzo de un ejército entero, la congelaba y sacaba raciones el sábado por la noche, las metía en el frigorífico, en la parte baja para que se descongelaran y las calentaba el día siguiente.

Cada domingo íbamos a misa. Mi madre se arreglaba, pasaba una hora ante el espejo, mi padre se ponía la corbata, pasaba una capa de betún sobre los zapatos y salíamos de casa con caras serias.

Cuando era pequeña, durante el desayuno mi padre me miraba y preguntaba: “¿Cuál es tu plan para hoy?” A mí me asaltaba una mezcla de culpabilidad, agresividad, impotencia y ganas de defenderme, porque no tenía planes para el domingo y porque odiaba los planes: lo último que quería tener los fines de semana eran planes.

¿Qué piensas hacer este fin de semana?

Cada domingo voy a misa. Tal vez, a pesar de todo, soy creyente. Me gustaban las conversaciones que el párroco tenía con nosotros, los niños del barrio. A veces me llamaba para una conversación confidencial, me contaba cosas de la vida de los santos y me preguntaba si entendía. Yo respondía que sí. A veces caminaba para arriba y para abajo mientras hablaba, en el pequeño cuartito detrás del altar, se paraba detrás de mí, muy cerca, las faldas de su hábito tocaban mi vestido, pasaba la mano por mi pelo y mis hombros. A veces se quedaba de repente en silencio, en el que yo notaba algo extraño, pero quería ser buena y nunca me di la vuelta, esperaba a que siguiese a hablar.

Un par de veces pasó algo que no conté en casa: Mientras me contaba la vida de Santa Catalina, se sentó junto a mí y me pidió que me sentara en su regazo, sobre su pierna, mirándolo de cerca. Lo hice, pero él se dio cuenta de que su mirada y su expresión de la cara me habían asustado y me soltó. Dijo que Dios quería que los niños buenos estuvieran cerca a Él, para que pudiera protegerlos.

Otro día me explicaba uno de los mandamientos: No cometerás actos impuros. Me preguntó si comprendía lo que significaba esto, impuro. Me cogió de la mano y acercó su cara hacia mi pelo, tanto que su nariz casi tocaba mi oreja. Tenía una mano suave, me parecía bonita, con uñas limpias. Olía bien. Me gustaba más que mi padre, que a veces se metía en mi cama y me preguntaba si quería ser su mujer. Mi padre olía a alcohol y tenía lágrimas en los ojos. El párroco olía a veces a incienso, a veces a jabón, a limpio. Por eso me gustaba más. También por las historias que me contaba. No lo he visto desde entonces, pero voy a misa regularmente.

¿Tus vacaciones están cerca?¿Tienes planes?

Tendré que visitar a mis padres. Los visito una vez al año. Suelo quedarme un fin de semana: llego un viernes por la tarde y me voy el domingo después de la merienda.

Mi padre tiene demencia, desde hace unos años. Ayudo a mi madre un poco, es mi deber como hija. Hace años le conté lo de mi padre y ella dijo que seguramente había entendido algo mal.

Yo intentaba pasar más tiempo en la casa de mi abuela, pero mi padre no siempre me dejaba dormir ahí. Entonces, un día encontré las pastillas de dormir de mi madre, y empecé a ponerle un cuarto en el vino. Así se quedaba dormido en el sofá, no lo podía mover ni una grúa. Al día siguiente se quejaba que le dolía la cabeza, mi madre se enfadaba muchísimo con él, porque a ella le gusta que todo esté ordenado y limpio, y según ella había que dormir en la cama, no en el sofá.

Cuando me hice mayor, busqué una manera de terminar el instituto en otra ciudad. Mi padre ya no se metía en mi cama, había empezado a beber. Creo que resultó más fácil para todos el que yo no estuviera ahí.

Mi madre nunca habló de entonces, ni yo tampoco pregunté por qué no me creía.

¿Qué has hecho este fin de semana?

He preparado salsa boloñesa. Desde hace un tiempo he empezado a prepararla, una vez al mes. Intento comprar un vino bueno, porque cambia el sabor de la salsa. Durante muchos años me ponía mala cuando alguien pedía pasta boloñesa en los restaurantes. Luego conocí a Miguel. A él también le he visto este fin de semana. Hemos pasado la noche juntos. Es mayor, tiene unos veinticinco años más que yo. Siento algo reconfortante cuando estoy en la cama con él y deslizo mis manos por su cuerpo. Su piel es suave y huele a algo, yo diría que huele a edad.

Antes de él tenía un amante, Rodrigo. Unos treintaicinco años mayor que yo. Me ponía caliente tan sólo en pensar en estar en la cama con él. Duró poco, porque una vez, mientras teníamos sexo, llamó su mujer para decirle que su hija había dado a luz. Dijo que quería ser sincero. Lo dejé ir sin más, sólo me daba pena perder a un amante que me excitaba tanto.

Espero que lo nuestro con Miguel no sea corto.

¿Dónde fuiste en las vacaciones de Navidad?

Desde que me fui de casa, no celebro la Navidad. Prefiero pasar los días festivos en casa, dormir mucho, ver películas. No llamo a nadie. Bueno, llamo a mis padres para felicitarles la Navidad, pero eso es todo. Mi madre ya no me invita. Es como un acuerdo entre nosotras: no mencionamos los temas incómodos.

Las Navidades pasadas di un paseo por la ciudad. Me gusta ver la decoración, comprarme cosas de comer que no suelo comprarme durante todo el año y comérmelas sola en casa, mientras veo aluna película. Así hice este año también. Me emociono mucho con las películas de Navidad, con las caras felices: todo se resuelve al final, todos olvidan lo malo y celebran juntos.

¿Qué quieres que haya para comer?

A veces, Miguel cocina para mí. Le gusta sorprenderme y espera que lo aprecie. Yo no tengo nada en contra, la verdad. Cocina bien. Siempre le doy las gracias y él se alegra.

Esta noche, por ejemplo, también va a cocinar él. Quiero que haya algo rico, con carne. De alguna manera, asocio platos con carne en la mesa con la sensación de hogar, de sentirme en casa.

Por otro lado, estoy pensando en hacerme vegetariana.

Si fueras a un vidente, ¿qué te gustaría saber?

A mi madre le gustaba ir a videntes, siempre se tomaba en serio las cosas que le decían, y luego las contaba por ahí como si ella misma hubiera llegado a una sabiduría absoluta y hubiera sido capaz de preverlas. Tomaba siempre una postura erguida, empezaba a agitar el dedo para dejar claro lo importante que era lo que ella sabía, con un tono de adoctrinamiento. Nosotros la dejábamos hablar y procurábamos no hacer muchas preguntas, ni cuestionar lo que decía, porque se ponía furiosa y empezaba a gritar. Decía que no entendíamos nada, que estaba castigada de soportarnos.

A veces me llevaba a mí también, a ver a alguna vidente. Yo siempre esperaba que le dijeran lo de mi padre, y no comprendía cómo no eran capaces de verlo, si al mismo tiempo le contaban esas cosas tan raras a mi madre, que a veces se cumplían.

Si fuera a un vigente, probablemente querría saber si tendré hijos. La verdad es que no me gustaría. Prefiero estar con Miguel, dejar que él cocine para mí, que de vez en cuando salgamos a que me compre cosas bonitas, acostarme con él cada vez que tenga ganas. No me gustaría tener hijos y preguntarme si él o alguien en el que confían, los hace pasar por lo mismo que yo.

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