Archivo del Autor: Arcadia

Malena

Un vestido se desliza por el cuerpo.

Al cruzar las rodillas

detiene el olor de su textura.

No son los colores de la noche

son los hilos de su trama

los que cruzan la oscuridad.

Detenida, también

la memoria ata sus manos a los tobillos.

Un olor a vino

cruza la puerta

un olor a perfume

sale por la ventana

un olor a sudor se detiene en el cuerpo

las piernas

rasgan el último pedazo de seda.

 Ana Belén López

 

Poco después de media noche Malena dejaría de existir y su nombre de tango no sería más que una burbuja en el vaso medio vacío que encontrarían a su lado. Poco después de media noche sus piernas largas y delgadas dejarían de jugar el juego gracioso con los pliegues de su vestido. Unas piernas morenas, a las que el sol y las olas habían estado mimando durante semanas hasta impregnarlas del sabor de la luz salada.

¿Sería un accidente, tal vez? ¿El efecto mal calculado de un juego indeseado de cuerpos, de testosterona despierta del olor a perfume, calor y verano? Que crea la ilusión efímera de que todo está permitido y que la vida debería ser un gran juego.

Cuando se preparara para salir Malena no pensaría en que aquella podría ser su última noche: ¿¡Quién lo haría?! La juventud consideraría semejante idea una broma de mal gusto. Tal vez Malena quería celebrar aquella noche: celebrarse a sí misma, a su cuerpo joven, mimado por la arena, los rayos del sol y la espuma del mar. Tal vez quería exhibir su piel fresca, enlazar en su cabello denso y largo las miradas sedientas de jugar. ¡Qué fácil es el juego de la seducción! Probablemente sonreiría, con una sonrisa distante que a la vez escondía una invitación. En verano, en la playa, todo el mundo parece atractivo.

Tal vez Malena se pondría aquel vestido de seda, por el gusto de sentir las caricias de la tela, tal vez presentiría el intercambio de miradas y olores, los toques como sin querer de un brazo, la cercanía de un cuerpo que despertaba deseo, un cosquilleo leve en la barriga que evocaría en ella una sonrisa inconscientemente desafiante y un brillo oscuro en los ojos.

O tal vez no sería un accidente. Tal vez algún cuerpo fuerte, musculoso, cegado por la brisa nocturna y el susurro abrumador de las olas creería ser el ser más poderoso del mundo, con la seguridad de que todo lo que deseaba le pertenecía. Es extraña, esta dimensión que se crea, en la que los límites se convierten en espacios borrosos. Tal vez aquel cuerpo fuerte, masculino, no quiso, o no pudo contener su deseo. Tal vez tampoco lo quiso Malena.

Nunca lo sabremos.

La encontrarían entre las sábanas de una habitación de hotel triste. La juventud no merece morir en una habitación de hotel triste, anónima. Yacería ahí, con su vestido de seda rasgado, que seguiría acariciando sus piernas, como un perro fiel que no se separa de su ama

 

 

 

 

 

 

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La lectura

Lo que ella sabía/Lydia Davis

La gente no sabía lo que ella sabía, que en realidad ella no era una mujer sino un hombre, a menudo un hombre gordo, pero más a menudo, probablemente, un viejo. El hecho de ser un hombre viejo le hacía más difícil ser una mujer joven. Le resultaba difícil hablar con un hombre joven, por ejemplo, aunque el joven estuviese abiertamente interesado por ella. Tenía que preguntarse: ¿Por qué está flirteando este joven con este viejo?

La relación que creo con cada texto —hasta cierto punto— se asemeja a una relación amorosa. Aunque en realidad es mucho más compleja. Y más grata.

A la hora de hundirme en un texto me invade un egocentrismo infantil. Necesito identificarme por completo con el personaje, hasta el punto de que, cuando abandono su mundo (el mundo verbal), de repente me siento nadie. Tardo un buen rato en volver a mí conciencia, a la realidad, a sentir mi cuerpo. Es decir, incluso cuando leo y me entrego a las palabras por completo, me pongo a mí misma en el centro. ¿El centro de qué? El centro del intermundo que creo mientras leo, que es a la vez mi mundo y un mundo ahí fuera, que observo y analizo desde la distancia, desde dentro.

Los textos cortos engañan: hay que leer cada palabra. Mejor dicho, me engaña mi soberbia, la costumbre de sobrevolar las líneas con la seguridad de que mi intuición, mi conocimiento infalible, encontrarán las palabras importantes, las frases clave, que son las únicas que tiene sentido leer. Me enfada ver que el autor se ha saltado algún punto de vista: en mí despierta la perfeccionista, la sabelotodo. ¿De dónde venía, por ejemplo, la seguridad de la mujer que los hombres querían flirtear con un viejo? ¿Por qué no dudó de si realmente era un hombre viejo? Si la historia enfoca la autopercepción, tal vez haya otras identidades escondidas en su mente. Tal vez la identidad de un hombre viejo es un capricho de su subconsciente. Debe de ser una mujer a la que no le falta autoestima. Pero, ¿debo yo deducirlo como lectora, debo suponerlo o simplemente es un detalle que la escritora no ha visto en el proceso de escritura? A veces empiezo a darle vueltas a un detalle como este. A lo mejor la escritora (también) se identifica con esta mujer. ¿Qué habrá pensado mientras creaba la historia?

Es preferible no pronunciar mis reflexiones en voz alta: alguna vez cometí el error de verbalizar mi tic de hurgar en la mente de autores y personajes. ¿Cómo explicar que lo que acababa de pronunciar en voz alta era a lo mejor la página 17 del libro de mis laberintos mentales, y que los que por casualidad los oían se habían perdido las primeras dieciséis páginas? Alguna vez habré sonado como alguien cuya cabeza no funciona como debería.

Pero así he descubierto que los años de lectura me han enseñado a identificarme con dos personajes a la vez. Con el autor y con su personaje, perdiéndome sin perderme a mí misma.

Estoy fuera y dentro del texto a la vez, como ya dije, una variante de Alicia en mi propio país de las maravillas. Desde el primer segundo en el que leo ella, fijo una imagen de una mujer de mediana edad, con cabello largo, oscuro, liso. No especialmente atractiva, de tipo sureño, con tintes de la escena alternativa. No sabría decir por qué. ¿Me identifico con las mujeres sureñas? Bueno, ¿qué quiere decir identificarse? Tal vez simplemente encuentro más atractivo el tipo sureño. Empiezo a hurgar en mi inconsciente: las mujeres rubias por algún motivo me dejan fría.

Necesito convertirme en esa mujer, para ver cómo piensa.

Al final, después de haber saltado y buceado hasta el fondo del mundo de la mujer del cuento, salgo, vuelvo a mí y me digo que esto no es nada más que un juego de puntos de vista: rebajarlo a una cotidianidad satisface mi ego, me da la sensación de haber superado la historia, en el sentido de sentirme superior —nunca soy más competitiva que como cuando intento averiguar qué pensaba el autor mientras escribía. Al descubrir su secreto, puedo abandonar el texto tranquilamente.

¿Soy una lectora neurótica? Diría que no. Pero extrañamente, en mí despierta un narcisismo de demostrarme que soy capaz de absorber, que he absorbido el personaje del texto, al autor, hasta el último matiz. Soberbia del ignorante.

Sí, soy egocéntrica cuando leo. No consigo resistirme al impulso de gritar contra las páginas:

—Lo sé, ya lo sé, y mejor que nadie.

Soy la única que es capaz de llegar a los secretos y despacharlos con soberbia.

—Lo sabía, nada del otro mundo.

Y también cuando leo, me desnudo. El texto es mi espejo, choco con mis enredos y tormentas, lucho contra mí, me siento feliz. Convierto a esa mujer sureña en el centro de mi universo. Quizás por el simple hecho de que en él ahora soy yo la que la lee.

 

Lo amarás sobre todas las cosas

¿En qué proyecto estás trabajando actualmente?

En mi casa, cada domingo se comía pasta con salsa boloñesa: no tenía nada que ver con el hecho de que tenía algún bisabuelo italiano y mis padres querían honrar sus raíces. Más bien, mi madre quería descansar, así que preparaba una vez al mes una olla enorme con salsa boloñesa – bastaría para el almuerzo de un ejército entero, la congelaba y sacaba raciones el sábado por la noche, las metía en el frigorífico, en la parte baja para que se descongelaran y las calentaba el día siguiente.

Cada domingo íbamos a misa. Mi madre se arreglaba, pasaba una hora ante el espejo, mi padre se ponía la corbata, pasaba una capa de betún sobre los zapatos y salíamos de casa con caras serias.

Cuando era pequeña, durante el desayuno mi padre me miraba y preguntaba: “¿Cuál es tu plan para hoy?” A mí me asaltaba una mezcla de culpabilidad, agresividad, impotencia y ganas de defenderme, porque no tenía planes para el domingo y porque odiaba los planes: lo último que quería tener los fines de semana eran planes.

¿Qué piensas hacer este fin de semana?

Cada domingo voy a misa. Tal vez, a pesar de todo, soy creyente. Me gustaban las conversaciones que el párroco tenía con nosotros, los niños del barrio. A veces me llamaba para una conversación confidencial, me contaba cosas de la vida de los santos y me preguntaba si entendía. Yo respondía que sí. A veces caminaba para arriba y para abajo mientras hablaba, en el pequeño cuartito detrás del altar, se paraba detrás de mí, muy cerca, las faldas de su hábito tocaban mi vestido, pasaba la mano por mi pelo y mis hombros. A veces se quedaba de repente en silencio, en el que yo notaba algo extraño, pero quería ser buena y nunca me di la vuelta, esperaba a que siguiese a hablar.

Un par de veces pasó algo que no conté en casa: Mientras me contaba la vida de Santa Catalina, se sentó junto a mí y me pidió que me sentara en su regazo, sobre su pierna, mirándolo de cerca. Lo hice, pero él se dio cuenta de que su mirada y su expresión de la cara me habían asustado y me soltó. Dijo que Dios quería que los niños buenos estuvieran cerca a Él, para que pudiera protegerlos.

Otro día me explicaba uno de los mandamientos: No cometerás actos impuros. Me preguntó si comprendía lo que significaba esto, impuro. Me cogió de la mano y acercó su cara hacia mi pelo, tanto que su nariz casi tocaba mi oreja. Tenía una mano suave, me parecía bonita, con uñas limpias. Olía bien. Me gustaba más que mi padre, que a veces se metía en mi cama y me preguntaba si quería ser su mujer. Mi padre olía a alcohol y tenía lágrimas en los ojos. El párroco olía a veces a incienso, a veces a jabón, a limpio. Por eso me gustaba más. También por las historias que me contaba. No lo he visto desde entonces, pero voy a misa regularmente.

¿Tus vacaciones están cerca?¿Tienes planes?

Tendré que visitar a mis padres. Los visito una vez al año. Suelo quedarme un fin de semana: llego un viernes por la tarde y me voy el domingo después de la merienda.

Mi padre tiene demencia, desde hace unos años. Ayudo a mi madre un poco, es mi deber como hija. Hace años le conté lo de mi padre y ella dijo que seguramente había entendido algo mal.

Yo intentaba pasar más tiempo en la casa de mi abuela, pero mi padre no siempre me dejaba dormir ahí. Entonces, un día encontré las pastillas de dormir de mi madre, y empecé a ponerle un cuarto en el vino. Así se quedaba dormido en el sofá, no lo podía mover ni una grúa. Al día siguiente se quejaba que le dolía la cabeza, mi madre se enfadaba muchísimo con él, porque a ella le gusta que todo esté ordenado y limpio, y según ella había que dormir en la cama, no en el sofá.

Cuando me hice mayor, busqué una manera de terminar el instituto en otra ciudad. Mi padre ya no se metía en mi cama, había empezado a beber. Creo que resultó más fácil para todos el que yo no estuviera ahí.

Mi madre nunca habló de entonces, ni yo tampoco pregunté por qué no me creía.

¿Qué has hecho este fin de semana?

He preparado salsa boloñesa. Desde hace un tiempo he empezado a prepararla, una vez al mes. Intento comprar un vino bueno, porque cambia el sabor de la salsa. Durante muchos años me ponía mala cuando alguien pedía pasta boloñesa en los restaurantes. Luego conocí a Miguel. A él también le he visto este fin de semana. Hemos pasado la noche juntos. Es mayor, tiene unos veinticinco años más que yo. Siento algo reconfortante cuando estoy en la cama con él y deslizo mis manos por su cuerpo. Su piel es suave y huele a algo, yo diría que huele a edad.

Antes de él tenía un amante, Rodrigo. Unos treintaicinco años mayor que yo. Me ponía caliente tan sólo en pensar en estar en la cama con él. Duró poco, porque una vez, mientras teníamos sexo, llamó su mujer para decirle que su hija había dado a luz. Dijo que quería ser sincero. Lo dejé ir sin más, sólo me daba pena perder a un amante que me excitaba tanto.

Espero que lo nuestro con Miguel no sea corto.

¿Dónde fuiste en las vacaciones de Navidad?

Desde que me fui de casa, no celebro la Navidad. Prefiero pasar los días festivos en casa, dormir mucho, ver películas. No llamo a nadie. Bueno, llamo a mis padres para felicitarles la Navidad, pero eso es todo. Mi madre ya no me invita. Es como un acuerdo entre nosotras: no mencionamos los temas incómodos.

Las Navidades pasadas di un paseo por la ciudad. Me gusta ver la decoración, comprarme cosas de comer que no suelo comprarme durante todo el año y comérmelas sola en casa, mientras veo aluna película. Así hice este año también. Me emociono mucho con las películas de Navidad, con las caras felices: todo se resuelve al final, todos olvidan lo malo y celebran juntos.

¿Qué quieres que haya para comer?

A veces, Miguel cocina para mí. Le gusta sorprenderme y espera que lo aprecie. Yo no tengo nada en contra, la verdad. Cocina bien. Siempre le doy las gracias y él se alegra.

Esta noche, por ejemplo, también va a cocinar él. Quiero que haya algo rico, con carne. De alguna manera, asocio platos con carne en la mesa con la sensación de hogar, de sentirme en casa.

Por otro lado, estoy pensando en hacerme vegetariana.

Si fueras a un vidente, ¿qué te gustaría saber?

A mi madre le gustaba ir a videntes, siempre se tomaba en serio las cosas que le decían, y luego las contaba por ahí como si ella misma hubiera llegado a una sabiduría absoluta y hubiera sido capaz de preverlas. Tomaba siempre una postura erguida, empezaba a agitar el dedo para dejar claro lo importante que era lo que ella sabía, con un tono de adoctrinamiento. Nosotros la dejábamos hablar y procurábamos no hacer muchas preguntas, ni cuestionar lo que decía, porque se ponía furiosa y empezaba a gritar. Decía que no entendíamos nada, que estaba castigada de soportarnos.

A veces me llevaba a mí también, a ver a alguna vidente. Yo siempre esperaba que le dijeran lo de mi padre, y no comprendía cómo no eran capaces de verlo, si al mismo tiempo le contaban esas cosas tan raras a mi madre, que a veces se cumplían.

Si fuera a un vigente, probablemente querría saber si tendré hijos. La verdad es que no me gustaría. Prefiero estar con Miguel, dejar que él cocine para mí, que de vez en cuando salgamos a que me compre cosas bonitas, acostarme con él cada vez que tenga ganas. No me gustaría tener hijos y preguntarme si él o alguien en el que confían, los hace pasar por lo mismo que yo.

La rueda de la fortuna

Párate al instante, pero, al mismo tiempo, enciende esa actitud soberbia tan típica de ti, que te ayuda ocultar el asombro, la estupefacción de verla. Y que te ayuda poner una barrera ante tu vulnerabilidad. Gírate un poco hacia ella. (No te ve, porque está a unos veinte metros de ti, buscando su gate, y alrededor de ella hay un montón de gente. En realidad, fue pura suerte que la reconocieras.) Mírala y pregúntate qué ha sido de todos estos años en los que no dejaba de aparecerte su rostro y no comprendías por qué.

Sigue observándola, sin acercarte. Disfruta de tu ventaja. Empieza a avanzar despacio en su dirección, con – de nuevo – tu típico andar chulo, con la espalda erguida y la barbilla hacia delante. Piensa que ahora verás la sorpresa en sus ojos y felicítate una vez más por haberla visto primero. Sabes que así tienes la oportunidad de “pillarla” desprevenida y de leer en sus ojos cómo percibe este reencuentro. Sigue caminando. Párate de repente, del choque con sus ojos, que por un motivo inexplicable se giran a casi ciento ochenta grados y se clavan en ti. No te buscan. Se clavan. Pregúntate, tal como te has preguntado docenas o cientos de veces a lo largo de los años, si entre vosotros existe la telepatía. Quédate mirándola, permite que ella también explora tu rostro, siéntete vulnerable, inseguro mientras sus ojos pasan por tus hombros, tu cuerpo. Siente el placer de dejar que sus ojos te exploren.

Saluda con un sencillo: “Hola”. Recuerda las conversaciones, deja que tu cuerpo recuerde al suyo, a la sensación de estrecharla entre tus brazos, de pasar la mano por su muslo fuerte. No dejes que ella lo note. Pero deja que ella te abrace con su – también típica – vehemencia. Agradécelo en tu cabeza, porque en realidad te mueres por hacer lo mismo, pero sabes que no te atreves. Quedaos los dos, entre las maletas y las personas que corren para arriba y para abajo.

Siente miedo a la hora de abrir la boca.

Quédate erguido – eso impone algo de distancia -, con el grifo de la maleta en la mano. Dile: “Me alegro de verte. ¿Cómo te ha ido?” Sonríe. Suelta la maleta de repente y abrázala. Tenla, sujétala con mucho cuidado: dale tu abrazo más tierno. Dile: “Sabes, tengo sólo unos minutos. Mi avión despega en media hora.” Escucha su respuesta: “Ya, qué pena.” Responde a su pregunta: “Bien, viajo por trabajo. Me van bien las cosas últimamente. “ Pregunta: “¿Y tú?” Mira sus palabras mientras escuchas sus rostro. Fíjate en sus ojos, date cuenta de que está nerviosa. Pregúntate cómo es que has perdido tantos años de tu vida. Bébete su voz con tus ojos.

Tambaléate, después de que un viajero con prisa te dé un golpe al pasar a tu lado. Acepta con sonrisa cómplice su ayuda – la de ella.

Di que en realidad no tienes prisa, que has llegado.

Él se sienta a un banco al lado, despacio, con la sensación de que sus hombros se han liberado de un peso enorme.

Ella se sienta junto a él, con cuidado, como alguien que se da cuenta de que una larga búsqueda ha llegado a su fin.

Mudanzas

Mi última mudanza me hizo ver que he cambiado. Que ha pasado tiempo y con el ha cambiado la energía con la que me enfrento a la vida. Una vez más, compruebo con asombro que no siento ningún apego a los espacios que hasta hace poco he llamado mi casa y esta vez algo parecido a la desesperación empieza a tomar forma dentro de mí. ¿Soy demasiado flexible? ¿Tengo un perjudicial desapego a lo material? Casi percibo una envidia tímida hacía aquellos que saben con certeza llamar un edificio su hogar, y cuanto más claro oigo las notas de su canto tímido, tanto más definida se hace la impotencia y la sensación de que nunca voy a pertenecer a esta clase de personas.

Pero también conozco historias del otro extremo. Hace unos años leí sobre un artista, por ejemplo, a quien le gustaba amueblar su casa y durante mucho tiempo vivía en algún sitio hasta convertirlo en una obra de arte, para después dejarselo a otra persona: lo abandonaba. Y se dedicaba entonces a amueblar su siguiente vivienda. Así saltó de unas diez casas en un período de diez años – si no me equivoco.

Ahora que lo pienso, las mudanzas tienen algo similar a un corte, por eso en la diversión de aquel artista sospecho también un elemento masoquista. O un juego sumamente superficial, que radica en la imposibilidad de sentirse en casa, de no poder o no querer encontrar un lugar de calma. Lo cierto es también que, si uno centra sus esfuerzos en la apariencia de lo que podría ser un hogar, difícilmente puede entrelazar el aspecto afectivo.

Cuando era más joven, me mudaba más a menudo. Normalmente, porque me aburría en el sitio donde vivía y necesitaba gastar algo de energía. Cogía mis maletas, arrastrada por un impulso de cambiar. Cambiar lo que fuera, donde fuera. El cambio era el sentido de todo el ejercicio.

Hoy, cuando el muchacho gitano que forma parte del equipo de la empresa de mudanzas se dirige a mí con señora, para explicarme cómo empaquetar algo, resuena en mí una advertencia de que esta fase pertenece al pasado. Siento que la energía de mi cuerpo empieza a renegar al impulso de movimiento sin rumbo.

Me siento al desnudo al descubrir cuánto revelan los objetos que forman parte de mi vida diaria y a los que tengo tan poco aprecio. Estanterías que cuentan historias sobre la incapacidad de su propietaria de tratar con la vida real: de cuidarlas del polvo que nieva, invisible hasta convertirse en una capa amarillenta, fina y frágil. Docenas de cosas pequeñas que adornan el espacio delante de los libros. Nunca me gustó cubrir las superficies con cosas inútiles, soy más bien como el pintor que usa la brocha gorda. No soporto hundirme en los detalles.

Pero esta sea quizás la parte más tortuosa a la hora de deshacer una parte de su vida, marcar el final de una época: recoger los pequeños souvenirs, dibujos que algún niño me regaló, el gesto de gratitud de una madre desesperada, encontrar un sitio para cada uno en las cajas, reavivar la historia de cada objeto y decidir si quiero que me acompañe en la siguiente fase de mi vida. Tanta consciencia, a veces, pesa. Me gustaría poder confiar en que podré pasar por ciertas etapas sin este proceso, porque el acto en el que la consciencia cristaliza suele ser, como mínimo, desagradable, sino doloroso, incluso tortuoso y. tal vez por eso, catártico.

Decisiones. Una mudanza consiste, sobre todo, de decisiones. No hay nada más estresante y angustioso que tener que tomar un montón de decisiones en poco tiempo. Requiere máxima concentración a corto plazo, responsabilidad – consciente o no – , un momento de alivio después y luego, con la siguiente camisa, libro, juguete o dibujo, el proceso entero se repite.

Ropa. Recuerdo que mi abuela tenía un armario repleto de sábanas, mantas y manteles, telas, ropa interior, pijamas – que nunca llegó a usar, los guardaba “para nuevos”. Como probablemente hacían muchos de su generación, que habían sobrevivido a la guerra. En su casa no se tiraba nada.

Libros. Uno de mis recuerdos más dolorosos (no dejo de usar la palabra doloroso, y así es como me doy cuenta de que esta mudanza me ha llegado a las entrañas; y yo que creía que había sido una de las fáciles.), físicamente dolorosos. Cuando decidí irme de Alemania, regalé o vendí lo que tenía. Nunca he sufrido tanto, hasta el día de hoy, como cuando tuve que meter un montón de libros en una maleta e ir a venderlos a un librero de segunda mano. Fue mi camino hacia el Gólgota. Apenas avanzaba, arrastrando la maleta, se me hacía un nudo en la garganta – literalmente: sentía como crecía una bola dentro de ella que no me permitía tragar y respirar. Al entrar en la librería, mis ojos ya apenas retenían las lágrimas, mi barbilla empezaba a temblar. Me acerqué al mostrador y susurré: – Tengo unos libros para vender.

No tenía fuerza para hablar. Me dolía el cuerpo ante la idea de vender mis libros.

El golpe (no sé si de gracia) fue cuando el librero echó un vistazo al montón y dijo:

– Cinco euros.

Se me secaron las lágrimas al instante: del shock, de indignación por menospreciar mis tesoros, quizás. Entonces no conocía las reglas del mercado y a pesar de que la mayoría de mis libros eran de segunda mano (algunos de la misma tienda en la que estaba), los consideraba la más valiosa de mis pertenencias.

A decir verdad, lo único que me costó superar en aquella época, fue la pérdida de mis libros. Lo cual muestra quizás lo que siempre he sospechado: que mi lado social ha preferido no desarrollarse. No sufrí así por el fin de una amistad, y la nostalgia que a veces se despierta en mí es catapultada por un apego creado a posteriori.

Tuve que repetir la misma operación con el resto de mis libros en otras librerías de segunda mano en la ciudad y cada vez me moría un poquito más, se me reventaba el corazón. Peor aun, cuando tenía que negociar y convencer a los libreros que valía la pena comprar esa “mercancía”.

Esta despedida resultó tan traumática que los primeros dos años en España no me atrevía comprar ni un libro. Me daba miedo tener que deshacerme de ellos de nuevo y no estaba segura de poder sobrevivirlo.

He creado un mantra para convencerme que es para bien – es para bien, es para bien. Esta última mudanza va a liberarme de los elementos innecesarios de mi vida.

La venganza

Después de que Ana rompiera con él, Ramón llegó a esta conclusión: debía suicidarse. Le parecía la única respuesta digna a un golpe semejante. Tenía que castigarla de alguna manera.

– Me va a recordar – murmuraba entre dientes.

Suicidarse le parecía la mejor venganza. Además, no le apetecía responder a las preguntas de su familia numerosa o a los vecinos sobre el por qué se les había roto el amor:

– Que se coma ella el marrón. Cuando ya no esté, que se lo explique ella. – Se imaginaba la cara de Ana, torcida de pena y vergüenza. Sí, sobre todo de vergüenza. Se puso tan contento que incluso pasó por encima del hecho que no estaría para verlo.

Entusiasmado con su plan, se dirigió hacia la farmacia.

– Buenos días – dijo con su voz clara, y bien alto.

– Buenos días – la chica en la farmacia no parecía impresionada de su saludo.

– Busco somníferos – puso una nota de secretismo en su voz, estaba a punto de contarle su plan. Esperaba que la chica se lo preguntaría, pero ella no parecía lo suficientemente sensible como para darse cuenta de las matices de su voz.

– ¿Qué somníferos necesita?

Se acordó que había visto las pastillas de su madre. A ella a veces le resultaba difícil dormirse, por eso se ayudaba con alguna pastilla de vez en cuando. Mencionó el nombre que había visto en el sobre. No estaba muy seguro, pero supuso que era lo que necesitaba.

La chica puso un paquete sobre el mostrador y dijo el precio.

– Me da dos, por si acaso – Seguía con su tono secreto, intentó poner algo de este secretismo significativo en su mirada, pero la chica seguía sin impresionarse. Puso otro paquete sobre el mostrador. Ramón pagó y salió.

Se fue a casa y ordenó los dos paquetes en la mesita de noche en su cuarto. Después, lo primero que hizo fue ducharse. Uno tenía que irse de la vida bien limpio. Mientras se duchaba sonreía contento de su plan, imaginándose la cara de Ana.

– Se va a enterar esta.

Eligió la ropa que quería ponerse: algo oscuro, pero con estilo, elegante. No demasiado serio. Eligió unos pantalones negros que se había puesto para Semana Santa y una camisa, también negra. Se felicitó por su decisión de suicidarse con pastillas: un método sencillo y elegante, sin dolor, sobre todo limpio. Se podría decir que era una muerte minimalista. Se vistió delante del espejo, despacio, con movimientos solemnes y algo pesados: tenía que celebrar sus últimos momentos. Se miró bien de frente y de los lados y aprobó su último aspecto. Definitivamente, así podía morir. Luego se fue a la cama y con cuidado, para no arrugar los pantalones, se estiró sobre las sábanas. Por un momento pensó si debía meterse debajo de ellas, pero le pareció más elegante que le encontraran encima. Giró la cabeza hacia la mesita de noche, donde había ordenado las pastillas. No quería dejar envoltorios vacíos por ahí, a su madre no le iba a gustar el desorden. Con mucho cuidado se levantó, se fue a la cocina y cogió un vaso pequeño, de los que su madre usaba para ponerse el licor. En su cuarto, sacó las pastillas una a una y las puso en el vasito. Se dio cuenta que había olvidado ponerse agua, así que volvió a la cocina, llenó un vaso de agua. De camino cogió una servilleta y en su cuarto la dobló antes de ponerla debajo del vaso. No quería dejar manchas sobre la mesita. Bien, ahora todo estaba listo. Se estiró otra vez, arregló las piernas de los pantalones y espiró satisfecho. Había llegado el momento. Otra vez giró la cabeza hacia la mesita. Le gustó ver el vasito de licor lleno con pastillas, como caramelos blancos, y junto a él, el vaso de agua con la servilleta correctamente doblada. Sí, daban un conjunto elegante. Pensó un momento cómo debía tomar las pastillas. ¿Una a una, o todas juntas? Estrechó la mano y cogió el vasito. Puso una pastilla en la boca y la saboreó. Algo amarga. Nunca le había gustado el sabor de las pastillas. La sacó de la boca. Miró otra vez el vasito. Si no le gustaba el sabor de una pastilla, ¿cómo iba a tragarse un vaso entero lleno de pastillas?¿Y si sin querer las vomitara, que iba a hacer con esta porquería sobre su cama? ¿Y qué iba a decir su madre al encontrarse restos de vómito? Pensó otra vez. Quizás no era una buena idea suicidarse. O por lo menos, no hoy. Dejó el vasito sobre la mesita. Además, se acordó que su madre quería ir de compras con él esa tarde. De todos modos, ya se le ocurriría otra manera de vengarse a Ana. Se levantó de la cama, se cambió de ropa después de doblar los pantalones y colgar la camisa en el armario para que no se arrugaran, y salió de casa.

El traficante de mujeres

Imagen relacionada

Der Mädchenhändler, George Grosz, 1918

Acércate, chica. No muerdo, ya no me quedan dientes. Hace unos años, quizás te habría dado un mordisquito, pero ahora… No seas tímida, anda. Tómate una copa conmigo, quieres? Eh, Pedro, ponle una copa a esta joven, lo mismo que tomo yo. No te he visto por aquí, ¿eres nueva en el barrio? Tampoco eres ninguna de mis chicas. El alcohol me hace olvidar, se ha llevado algún que otro diente y otras cosas más, pero mi cabeza todavía sabe quiénes son mis chicas. Claro, el dinero siempre despierta ciertos mecanismos, ¿no crees? Gracias, Pedro. Aquí tienes, querida.

Tienes un buen tipo, eres joven, ganarías una pasta si decidieras dedicarte a nuestro oficio. Digo nuestro, porque estoy en ello unas cuantas décadas ya. Aquí todo el mundo me conoce. Antes me tenían respeto, miedo incluso. Ahora ya, a veces se dignan de invitarme a una copa. ¿Fumas? Hazme el placer de compartir un cigarrillo conmigo, con un hombre ya mayor.

Me pregunto cómo he sobrevivido, pero el destino tiene su propia lógica, he dejado a intentar averiguar el porqué. Sí que acabé un par de veces en el hospital después de que algún novio ingenuo me diera un navajazo. Pobres, creían que sus novias tenían un trabajo honesto, o que las había obligado yo a venderse. Las mujeres sois unos seres diabólicos, y sabéis cuando es mejor mostrarse sumisa y obedecer. La calle no es para cualquiera, hay que ser fuerte, hay que saber aguantar, y hay que saber venderse. Yo a mis chicas siempre las enseñé cómo protegerse y cómo venderse. Por eso pocas se han ido, pero cuando una quiere irse, es mejor dejarla. Uno tiene que saber cuando hay que tener una mano firme con sus chicas.

¿Ves esta cicatriz aquí, en el cuello? Apenas sobreviví aquel baño de sangre. Una noche pasaba a controlar las calles donde tenía posicionadas a algunas, y de repente, de un portal me asaltó un marido. Su mujer le había dicho que tenía turno de noche en el trabajo, pero él había salido con sus amiguetes. Y, claro, el primer sitio al que van es a una de mis calles, de mis zonas, y reconoce a su mujer, charlando con un cliente. A mi todo esto me lo contaba entre un puñetazo y otro, un tío musculoso. Como lo del deporte nunca me ha ido, acabé en el hospital con la nariz y un par de costillas rotas. Hay que ver, lo preocupada que estuvo la esposa de este tipo. Se sentía culpable, venía a visitarme en el hospital, aunque su marido también le había dado una paliza tremenda a ella. Si, si, así sois las mujeres: un poco de atención y os desvivís por el hombre, aunque os haga salir a la calle y pasar noches de frio para ganar algo. Yo a mis chicas siempre las he tratado bien. Así es cómo hay que trataros. Mostrar un poco de respeto y atención, pero siempre dejar claro que soy yo el que paga y da trabajo, soy yo quien manda. Si no, se os suben los humos muy rápido a la cabeza y os creéis unas reinas. ¿Eh? Tú también eres así, me parece, también vas de reina. Anda, no te indignes, no hay que tomarse la vida muy en serio. Que no es justa, pues claro, cómo va a serlo. Pero, ¿a quién le importa si la vida es justa, si hay que vivirla y ya está?

¿Ves a esa chica ahí sentada en la esquina, con el señor? Dejame ponerte más vino antes. Cuidado, no te voy a llenar el vaso, pero es bueno tener un par de tragos delante para cuando nos acordemos de las medicinas amargas del destino. Aquí tienes, querida. Salud. No te importa brindar con un perro viejo como yo, ¿cierto? Gracias. Esa chica es la reina del arte de la seducción. Fue mía, vino un día hambrienta y sucia, llevaba días sin encontrar cobijo. La bañé, le di de comer, y le di trabajo. Cuando uno ha tocado fondo, cualquier pajita parece la salvación. No se quejó, ni pidió nada, agradecía todo lo que le daba. Ante mis ojos se convirtió en una mujer magnífica. Era lista, aprendía de todo y de todos. Sobre todo, de mí. De mí, sí. Ya… Era imposible no perder la cabeza por ella. Las mujeres agradecéis los cuidados poniéndoos más guapas para el que los brinda. Nunca supe si ella me amó: llamémoslo riesgo de la profesión. Cuando quiso irse, la dejé ir. Me rompió el corazón. Desde entonces, unos años ya, siempre tengo un vaso lleno delante de mí, para ensordecer los gritos de dolor. Y dicen, que el corazón no duele. ¡Cómo que no! No se me pasa. Ya no se me va a pasar nunca, en esta vida. Un corazón roto necesita su tiempo para cicatrizar. A mí ya no me queda tanta vida. El alcohol… Vengo aquí, y espero cruzarme con ella. La observo desde mi mesa…nunca me acerco. Ella me saluda, con un gesto cariñoso, al pasar. Nunca se para, aunque sabe que vengo por ella. Yo nunca sé si el cariño es sincero, o le da pena ignorarme. Pero agradezco cada mirada casual, cada toque involuntario. Si una mujer quiere irse, hay que dejarla ir.

¿Tú también te quieres ir ya? Bueno, querida, gracias por dejar a un viejo como yo disfrutar la compañía de una mujer tan joven y guapa como tú. Que seas feliz, querida, la vida hay que disfrutarla tal y como venga. Que te vaya bien.