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El héroe y la masa

La Libertad guiando al pueblo, Eugène Delacroix, 1830

Siempre me chocó observar que el carisma, igual que la genialidad, es algo dado al portador desde fuera. O desde arriba, según el punto de vista. Una propiedad que forma parte de nosotros pero que cuya presencia y efecto no somos capaces de dominar. Hasta que supe que según la Biblia y la terminología eclesial, un carisma significa un regalo de Dios: regalos como lo son la fortaleza o la piedad. Un don.

En la boca del pueblo es más popular el otro significado de la palabra: el poder de atraer por la fuerza de su personalidad (desde que Max Weber acuñó el término del líder carismático). Weber habló sobre la figura del líder político que gobierna a base de carisma, al que el pueblo se entrega no por la fuerza de la tradición o un orden jerárquico sino porque cree en él. Carisma como tal es una característica personal, no un sinónimo para uno de los dones del espíritu santo. Un líder carismático tiene una personalidad fuera de lo común, fuera de lo cotidiano (ausseralltäglich), que convence y arrastra con su entrega personal, con su heroísmo.

Es este reconocimiento el que sella su estatus de líder, de héroe contemporáneo. La relación entre el líder (político) no es altruista, los discípulos y acólitos esperan ser remunerados por su entrega y su fe, personalmente por el líder.

Hannah Arendt, que estudió la condición humana, encuentra el sentido de la acción del agente en la comunicación con los otros :

Por lo tanto, ambas facultades [el perdón y a promesa] dependen de la pluralidad, de la presencia y actuación de los otros, ya que nadie puede perdonarse ni sentirse ligado por una promesa hecha únicamente a sí mismo; el perdón y la promesa realizados en soledad o aislamiento carecen de realidad y no tienen otro significado que el de un papel desempeñado ante el yo de uno mismo.

Aun siendo una característica personal y necesitando la reciprocidad con la masa, el carisma es algo con lo que uno nace, que no depende de la experiencia que acumulamos por el camino de nuestra vida, que no depende del nivel de consciencia al que conseguimos llegar o si encajamos en los estereotipos de “buena” o “mala” persona.

Simplemente está ahí.

Desde luego, existen también los otros héroes, que se convierten en tales por la fuerza de las circunstancias, casi contra su voluntad. Siempre tuve esta duda: ¿elegimos ser héroes o el impulso heroico es algo intrínseco a nosotros? ¿es el heroísmo una actitud que se cultiva desde la infancia o tiene el mismo valor que el heroísmo que nace desde la impotencia, desde la casualidad, desde el miedo? En fin, ¿requiere el heroísmo la conciencia de realizar un acto heroico? Pero supongo que definir esto sería como decidirse por una única cara de la vida. A veces tomamos la decisión de superarnos físicamente, de superar nuestra capacidad de entender, de dar, de amar, sabiendo que es un acto de sacrificio. El heroísmo no es un heroísmo de todos los días: queda reservado para situaciones y momentos que requieren la fuerza y la grandeza de – no de superarse, sino – más bien de revelarse ante el mundo: con y a pesar de todos los miedos que habitan nuestra mente. Me llamó la atención, cuando leí el retrato de Marie-Antoinette de Stefan Zweig, el hecho de que la llamara un personaje mediocre: se refería con ello a una persona que tan sólo en momentos de tormenta cobra fuerza y muestra grandeza y su valor verdadero, y así ocupa su lugar en la historia. Así lo hizo la reina de Francia en los últimos días ante su ejecución.

Al mismo tiempo, el concepto del héroe y del líder carismático me hace pensar en la imagen especulada de Jesús de Nazaret que Nikos Kazantzakis creó. A lo mejor Jesús no quiso ser un héroe, un profeta, el Hijo de Dios en la tierra. Kazantzakis da a Jesús un rostro humano en todos los sentidos, sobre todo un rostro cotidiano, y nos convierte a todos en salvadores, en héroes, como en el prólogo de su libro que dedica a todo hombre que lucha. Y también me recuerda al relato de Oscar Wilde, The Master, en el que un joven desesperado llora a mares por no haber sido crucificado, a pesar de haber cumplido con los mismos milagros como Jesús.

Resulta que no todos podemos ser héroes.

Incomprensible es, también, la relación de la masa con sus héroes.

Creo que en tanto acto heroico, una persona carismática proporciona una chispa de felicidad. Buscamos su proximidad, nos gusta atraer su atención, sentirnos vistos por ella. El nivel de adrenalina sube, los latidos del corazón se hacen visibles bajo la piel. Nos sentimos dispuestos a asumir el papel que nos pidan, su sonrisa nos halaga. Y eso que a las personas carismáticas no les supone ningún esfuerzo. No sé si alguien se despierta por la mañana diciéndose: “Gracias a Dios, soy carismático, así que puedo pedirle a mi compañero de trabajo que me prepare el proyecto, y lo hará encantado”.

Estamos dispuestos a creer todo lo que nuestros héroes nos dicen. Es una ola de fe que se crea precisamente debido al hecho de formar parte de la masa, y nos reforzamos mutuamente en la fe que tenemos en ellos. No sólo creer, sino también luchar por ellos, morir por ellos. Nuestros héroes se convierten en motivo bienvenido para sacrificarse, porque encarnan una idea, una visión, o por lo menos es lo que el pueblo, la masa necesita ver, y se reafirma en su percepción. La fe en el héroe es la fe en el ideal, ¿no necesitamos todos esta fe incondicional que pinta un futuro brillante?, y gritos de alegría nacen en nuestras gargantas, y nuestros brazos se lanzan hacia arriba, con el puño como una señal de victoria, y hasta las piernas bailan solas. Pensar que todo esto lo puede provocar un gesto de atención de una persona que simplemente ha nacido con el don del carisma, que por un capricho suyo podría elevar el nivel de serotonina en nuestros cuerpos o arrojarnos al abismo, asusta.

Por supuesto, nos gusta identificarnos con nuestros héroes, y ellos han de ser especialmente esbeltos, sabios, nobles y generosos, han de cumplir con los estereotipos que acompañan su género, su profesión, su estatus social. Y han de ser mucho más que nosotros, porque un héroe deja de ser héroe si se acerca demasiado a su prototipo mortal, a un ser humano infeliz, inseguro y débil. Los héroes están ahí para eso, para enseñarnos que hay alguien mejor que nosotros, al que podemos aspirar.

Empieza

siempre de nuevo el elogio que nunca se alcanzará;

piensa: se preserva el héroe, incluso la caída fue para él

sólo una excusa para ser: su último nacimiento1.

Pero entonces, cuando un héroe resulta demasiado inalcanzable para sus admiradores, cuando cumple demasiado bien con lo que la masa le pide, entra en juego la naturaleza humana, que no se puede alimentar tan sólo con gestos eufóricos y miembros temblando de exaltación. La naturaleza humana necesita destruir, sentirse más fuerte que sus héroes, convencerse de que no son sino seres miserables, fáciles de dominar, que la masa es la que reina, y que sus héroes reinan cuando la masa lo permite. Giordano Bruno fue denunciado como hereje ante la Inquisición por su alumno-mecenas que no avanzaba en los estudios y creyó que el complejo juego de entrenar la memoria que Bruno había desarrollado era magia negra.

Y cuando la masa pierde el control, se convierte en una bestia ciega, de cuya boca sale espuma y que se estampa contra todo aquel que se cruza en su camino. Su estado de ánimo cambia como el tiempo en un día de primavera. Sus juguetes preferidos se convierten en la encarnación de la maldad, porque nadie puede ser más grande que la masa. Y el que es tan ingenuo como para creer las adulaciones del pueblo, debe pagar. La masa no perdona. Dijo el genio de la Revolución Francesa, Maximilien Robespierre, en un contexto algo distinto:

Hay algunos hombres útiles, pero ninguno es imprescindible. Sólo el pueblo es inmortal

El impulso más fuerte en nosotros es el del poder: ganarlo, tenerlo, exhibirlo, pues débil es la naturaleza del hombre y los sermones sobre la bondad y el amor al prójimo nos aburren tanto que no sabemos si bostezar o suprimir las arcadas de la sensación empalagosa de tanto escuchar las proclamaciones de “amémonos y respetémonos”. Débil es la naturaleza humana y el poder nos regala esa chispita que hace que el sol brille más fuerte y el cielo parezca más azul, y nos sentimos invencibles y por eso magnánimos para con nuestros prójimos: así es fácil amarlos. Y nos sentimos nobles, porque: ¿hay algo más dulce que sentir y flotar en su propia grandeza humana desde la altura de su pedestal? Y los mortales… bueno, ellos necesitan venerar, suplicar a los que pueden besar las manos en muestra de gratitud, necesitan llamar a alguien “Dios”. Y a alguien a quien pueden mandar a la hoguera en cuanto se aburran o en cuanto aparezca el siguiente salvador. Así de imprevisible y caprichosa es la masa que da a luz a sus héroes y los asfixia. Porque uno no puede sin el otro. Se odian a muerte y se necesitan.

1Rainer María Rilke.

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Asesina

Siempre creí que hay una sensación divina en el acto de aniquilar una vida.

¿Cuánto cuesta tomar una vida?

Un abrir y cerrar de ojos, el tiempo que necesita un aliento. Inhalar y exhalar. A veces también me asombra la idea de que la vida es un bien intocable. el sumo bien Me ocurre en momentos cuando experimento la vida real suspendida, en el limbo, como una hipótesis que puede tener varios rostros, según el punto de vista. Resulta gracioso poner boca abajo la realidad, sus pilares éticos, torcer categorías estables, hacer temblar las fundaciones de la sociedad tan sólo con la fuerza del pensamiento. ¿Quién ha dicho que la vida es el sumo bien de la humanidad, que hay que protegerla por encima de todo?

La facilidad y la ligereza que siento cuando me imagino a mí misma tomando una vida ajena son tan presentes que asustan. Me asusta la tranquilidad que siento, la consciencia de ser capaz de hacerlo. Cometer un acto violento contra el bien absoluto. Alguien que está y un momento más tarde no está, y el mérito sería solamente mío. Este pensamiento contiene cierta dosis de absurdo a la vez, dado que no soporto la violencia en ninguna forma, salvo en momentos de rabia, que me posee por completo, en momentos en los que me siento más allá de leyes y normas creadas por el ser humano, en los que mi deseo de aniquilar, mi impulso de asesinar y mi yo se funden y es imposible diferenciar el uno de los otros: soy sólo un instinto asesino, la mano que se lanza en un golpe mortal, el dedo que presiona un gatillo. Hay una belleza singular, excepcional en este movimiento que a la vez carga mi cuerpo y mi mente de adrenalina y me hace sentir invencible, única, a través de y gracias a la exclusividad del acto de matar. Una sincronía absoluta entre mi ser, el ser cuya vida tomo arbitrariamente y las circunstancias que me permiten esta sensación.

Mi necesidad de experimentar la belleza no me permitiría recurrir a métodos poco estéticos como es el ahorcamiento. No hay nada bello en un cuerpo que se agita en sus últimos minutos de vida: los ojos se hinchan, la lengua inflada se hace camino entre los labios que cobran un color azul-violeta, los ruidos de la tráquea que hace un último esfuerzo de guardar un sorbo de aire. Rechazaría también el uso de herramientas cortantes que destruyen la integridad física del cuerpo y convierten este instante de belleza absoluta en un baño de sangre y lo ensucian con su materialidad. Nada orgánico debe destruir su perfección. No usaría veneno porque presenciar cómo una sustancia corroe el cuerpo físico me priva de la sensación de participar activamente en el acto divino, que es romper la unión entre lo material y lo inmaterial, liberar al espíritu de la imperfección del cuerpo.

El éxtasis, que repentinamente inunda mi cuerpo, se expande hasta la última de mis fibras, la belleza monstruosa del momento, en el que la vida en los ojos extraños empieza a desvanecerse y los miembros se convierten en las tristes articulaciones manipulables de una marioneta, – tienen la fuerza y el poder del acto creativo. Siento cómo mis ojos brillan y un calor placentero invade mi cuerpo.

Celebrar la vida aniquilándola, la creación de una obra de arte a través de la muerte, del acto de matar. ¿Se excluyen mutuamente? Si la vida y la muerte están tan cerca la una de la otra, ¿puede haber una manera más convincente de glorificar la primera, a la vez haciendo reverencia a la segunda? Un hommage al ciclo de la vida, a la naturaleza,a la grandiosidad del universo en un solo acto.

¿Existe un prototipo de asesino? Un tipo de hombre, popularizado por la industria del cine, con ojos de un azul que cortaría un trozo de hielo y rasgos faciales masculinos, delicados. Un asesino sumamente erótico. O una mujer vamp: con labios de rojo intenso, y piernas largas y desnudas, por las que todo el mundo se desvive. O quizás un ser anodino, de piel amarillenta que lleva marcado el paso del tiempo sobre sí, un ser canijo, con calvicie y una cara cubierta de arrugas y arruguitas: de risa y penas, de preocupaciones y reflexiones.

Tal como Hannah Arendt descubrió “la banalidad del mal”, deberíamos conformarnos nosotros también con la idea de que el homicida, el asesino lleva en si este mismo rasgo: la banalidad. Al fin y al cabo, en la gloria y en la caída, el ser humano lleva consigo su equipaje personal y ser humano conlleva tanto la capacidad de crecer sobre sí y obrar milagros por la fuerza de la voluntad y la fe en una visión bella, como las arrugas de un personaje sumamente no-interesante, cuya cara común no figuraría entre las caras que quedan marcadas en nuestra memoria. Es difícil aceptar este hecho, ya que matar, asesinar es un acto acompañado de cientos de reparos éticos y morales en nuestra especie, desde hace siglos. Resulta más fácil otorgar al acto, a la voluntad de matar, un sitio aparte y envolverlo en un aire de gloria y heroísmo malentendido, no comprendido. Lo curioso es que de esta manera – a veces – incluso podríamos llegar a liberarnos de valorar, de juzgar sin remordimientos. ¿No es extraño esto: glorificar para no tener que condenar? Por otro lado, los periódicos nos recuerdan a diario de que – en la vida real, matar es un acto muy propicio de la naturaleza humana y nos salvan de la difícil elección entre un outsider exótico y un ser humano banal.

¿Existe una vocación para ser asesino? Asesinar como una actividad que experimentamos en plenitud, en las que sentimos el famoso flow del científico de origen húngaro con el nombre imposible de pronunciar. Probablemente sí. Tal vez sea esta una vocación que deberíamos asfixiar en ciernes. Finalmente, los principios éticos sirven también – entre otras cosas – como mecanismos de control de la sociedad. Pero siempre habrá alguien capaz de apreciar la grandiosidad de aquel instante en el que un ser humano exhala su último aliento gracias a su mano.

Una lectura de “Teoría King Kong” de Virginie Despentes

Cartel italiano de la películla King Kong, 1933

Una de las primeras cosas que sentí al leer la Teoría, fue un tremendo impulso de tirarme unos cuantos videos de porno, y de masturbarme sin fin. Sobra decir que también me entraron ganas de follar. No de ser follada, sino de follar: de coger al machote y explorar con él todos los caminos de mi imaginación, con todo el tiempo del mundo. Por experiencia, los hombres no tienen nada en contra de que los follen. Incluso les gusta adoptar una actitud algo pasiva y dejar que alguien haga el trabajo. No me he acostado con cientos de hombres, no dispongo de la experiencia variada de Despentes, pero de los hombres que han pasado por mi cama, algunos han preferido dejarme hacer a mí. ¡Qué triste cuando queda en evidencia que lo hacen por pereza: porque es más cómodo! Así que nadie me hable de la virilidad en la cama: es sólo una representación que existe en las películas porno, aquí estoy de acuerdo con Virginie Despentes. Otros han perdido las ganas porque mi iniciativa les parecía demasiado viril. O tal vez era la energía que se crea entre dos personas en la cama que deja al desnudo todos los clichés sobre el comportamiento sexual de hombres y mujeres.

 

El flirteo, desde luego, – que no es nada más que un juego de rol, para muchos pre-definido – , normalmente deja pensar al hombre que es él quien lleva las riendas. En cuanto la mujer cambia de actitud, se siente indefenso. Lo dicho vale para hombres que de antemano son inseguros y cubren este hecho con las frases hechas y la confianza en los papeles establecidos del flirteo.

El libro de Despentes es definitivamente revelador: rompe el corsé de estos papeles, desde la necesidad de decir en voz alta, de gritar desde lo más profundo de sus pulmones, lo que hoy día se ha convertido en una obviedad: el rey está desnudo. Sí, es necesario llamar las cosas por su nombre, sin envolverlas en el papel colorido de las ideologías. También es una manera de hacer cuentas con su propio pasado, acercarlo a su presente de manera oficial, en un intento de hacer las paces, quizás.

“Dadnos el derecho de correr el riesgo de ser violadas”. Yo firmaría un manifiesto así, ahora, que se ha puesto tan de moda firmar manifiestos. No por mis propias ganas de correr este riesgo: me he dado cuenta con la edad de que soy bastante miedosa y no me atrae nada lo de ponerme en situaciones en las que me pueden pegar dos hostias y en las que no sé si voy a volver entera a casa, por el simple morbo de experimentar algo. Desde luego, la idea de levantarme, desempolvarme y seguir adelante después de haber sido violada, me quita bastante de la euforia. ¿Comparamos la violación con un rasguño, como les ocurre a los niños, que se levantan sabiendo que las lágrimas son una pérdida de tiempo y mientras lloriquean por la rodilla herida, los otros niños ya están tramando otras aventuras? ¿O tal vez, con una paliza, como entre hombres? Te levantas, cruzas los dedos por que las costillas rotas sanen por sí solas y sigues como si nada.

“Existe un orgullo de sirvienta que avanza con trabas, como si fuera útil, agradable o sexy. Un goce de esclavo en la idea de servir de trampolín”. Un punto de vista bastante radical, que – aunque en algunos casos sin duda pueda ser verdad – , generaliza de manera injusta la actitud femenina, la mujer como tal (que por cierto es algo que no existe). Me imagino a Virginie, con su anorak y cabeza rapada, una chica que se tiene únicamente a sí misma, que tiene que crear una personalidad fuerte para hacerse valer en el mundo. Probablemente sería un prejuicio decir que una teoría King Kong puede salir de las filas de las chicas punk rock, las chicas que no tienen nada que perder, para las que despojarse de los estereotipos cuesta menos que encajar en ellos, pero este es el pensamiento que se hace camino en mi cabeza mientras leo. De alguna manera me recuerda a la revolución de los bolsheviquis en Rusia.

Imaginémonos a una Virginie de una familia de la clase media – , ahí es donde más cuesta romper estereotipos: ¿pensaría igual sobre la posición de las mujeres? Tal vez sí. ¿Se convertiría en una revolucionaria, revelando las verdades incómodas de la clase burguesa, o preferiría dedicarse discretamente a la prostitución ocasional, como hacen las mujeres que describe en su libro? No lo sabemos, pero vale la pena especular sobre ello.

Me parece un poco peligroso – , y una simplificación que más bien hace daño a la idea del libro, decir que el Estado quiere establecer los prejuicios entre hombres y mujeres. Cuando Despentes habla desde el punto de vista de la chica que se tiene sólo a sí misma, sin politizar, sin ideologizar, es cuando su mensaje tiene el impacto más fuerte, de una honestidad y una claridad hirientes.

¿Qué es la teoría King Kong?

Un testimonio personal, la teoría personal de Virginie Despontes.

Es sólo lógico que entre las voces indignadas de mujeres y hombres que exigen leyes estrictas para los violadores, aparezcan las contra-voces: las que dicen “No pasa nada, no es para tanto”, como si hubieran descubierto América. Lo triste es que este “No pasa nada” ha sido la actitud y la elección de las mayoría de las mujeres que han tenido que pasar por situaciones humillantes y peligrosas. Lo nuevo es que con estas contra-voces se calienta la polémica y se agudiza el conflicto latente en la sociedad. A pesar de que el libro de Despontes contiene verdades que ya todos conocemos y con las que lidiamos a diario, le damos las gracias por intentar romper el molde, por gritar: El rey está desnudo, viva el rey. Viva el rey: al fin y al cabo, la chica punk se adapta, vive la vida de una mujer integrada en la sociedad, aunque sólo en ciertos círculos, y le ocurren cosas como a cualquier otra mujer: su pareja la abandona, no tiene hijos, traspasa una fase de crisis de los treinta. Pero lo llama algo “consentido”, y, a decir verdad, viniendo al final de este libro-manifiesto a favor de las mujeres oprimidas, sin oportunidades de vivir una vida independiente, libre, de las mujeres que sufren bajo el ego del hombre, esta explicación innecesaria de lo “consentido” suena como una excusa.

¿Qué ocurriría si despojáramos a la violación del estigma de la humillación, de la imagen de la mujer ensuciada para siempre, y la tratáramos como un simple acto violento, como lo es una paliza?¿ Haría esto a las mujeres más seguras, se sentirían más valientes, miembros iguales en una sociedad dominada por hombres?¿Terminaría un proceso así en más derechos y más aprecio para las mujeres? Lo dudo.

Creo que Despentes generaliza – y por eso tergiversa – la percepción de mujeres y hombres desde un punto de vista puramente personal, que es sólo esto: un testimonio, una experiencia personal, ni más, ni menos. En cierto modo, es otro manifiesto feminista, cuyo valor principal consiste en impulsar o avivar el debate sobre la sociedad contemporánea en general, hacer una recapitulación de los procesos que tienen lugar en ella, de los valores que compartimos como sus miembros, y qué clase de individuos elegimos ser.

Un comentario sobre el artículo de Catherine Millet “La mujer no es sólo un cuerpo”

Lucrezia, Artemisia Gentileschi (1620-1621)

Poco después de publicar el manifiesto contra el movimiento #MeToo junto con otras intelectuales francesas y dar una entrevista para El País, la escritora Catherine Millet publicaba un artículo en el mismo periódico con el título “La mujer no es sólo un cuerpo”.

 

No chocaría tanto este título si hubiera sido producido como uno de los efectos de #MeToo. Pero saliendo de la pluma de una de las autoras que defienden “el toque torpe masculino” y que lamentó públicamente no haber sido violada para demostrar que esto se supera, definitivamente despierta asociaciones contradictorias. El título sugiere que existe una diferenciación entre el cuerpo y la psique de la mujer, que el debate sobre agresiones por parte del sexo masculino reduce la mujer a su cuerpo físico, y al fin y al cabo, relativiza la violación como delito.

Me sorprende su punto de partida: la sensación de rechazo o incluso repugnancia dentro de una relación, para compararla con lo que puede sentir una mujer durante un acto de violación es la premisa errónea. No importa lo rica y variada que puede ser la vida sexual de una mujer – o al revés: monótona y reducida al mínimo – , ceder o consentir el acto sensual dentro de la relación difícilmente puede ser resumido en una única categoría. Por eso resulta un asunto delicado tratar y decidir sobre los casos de violencia doméstica. ¿Dónde empieza la violencia y cómo podemos demostrarla?

Creo que cuando hablamos de una violación, deberíamos partir del caso “habitual”, que es ejercer un acto sexual contra la voluntad de la persona que la sufre, y no desde las excepciones y las variaciones vagas y ambiguas de cada caso individual.

Pocas veces somos capaces de prever y controlar nuestras reacciones en situaciones en las que nos vemos sometidos a una agresión física y psíquica. Una agresión física siempre tiene un impacto sobre nuestro estado emocional y psíquico. Someterse a la agresión física sin oponer resistencia, como sugiere Millet, es lo que probablemente haría la mayoría de las mujeres en tal situación. Pienso aquí en el caso de La Manada y en la joven forzada a satisfacer sexualmente a cinco personas durante Los Sanfermines en Pamplona. Dudo mucho que ella pensara en que su espíritu sería igual de independiente mientras. El miedo nos paraliza, la impotencia paraliza nuestra capacidad de razonar. Dudo también que alguna mujer se prepara mentalmente para el caso de ser violada, para poder así irse a casa después con la cabeza bien alta, consciente de su espíritu libre e independiente. Me atrevo a decir que el acto de violación nunca, o casi nunca, trata de la simple satisfacción sexual del violador. Es una verdad común de que el que viola, sea un hombre o una mujer, abusa de su posición de poder físico o dentro de una estructura jerárquica. Y sobre todo, abusa porque tiene la oportunidad de hacerlo: porque es el/la más fuerte en la relación que se crea entre él/ella y la persona que se somete. Una violación va de la mano con la humillación, con el terror. Y, no, aunque nunca he preguntado a prostitutas qué sienten a la hora de acostarse con un cliente que no les cae bien, me horroriza la comparación de una violación con una relación que figura como profesional en la sociedad, como un servicio prestado consciente y voluntariamente. Y llegados a este punto, me doy cuenta de que, en su primera parte del artículo, Millet no hace más que crear dos premisas que no sólo que no parecen lógicas, pero – a pesar de que en su manifiesto la rechaza – parece que si no disculpan, como mínimo relativizan la violación como un delito a costa de la víctima.

Probablemente hay que leer el artículo junto con el manifiesto feminista que publicó, del cual queda claro que se oponen a la caza de brujas en la que amenaza a convertirse el movimiento #MeToo, y que defienden la galantería masculina, no la violación. Estoy de acuerdo con lo primero. Sobre todo, porque creo que los que hasta cierto momento se han sentido “oprimidos”, al momento de convertirse en los fuertes del día, cometen los mismos errores. No tenemos reglas claras para definir a partir de qué momento un roce indeseado en el tranvía o en la calle, o en el trabajo se convierte en abuso.

Por eso sorprende incluso más el salto a la referencia católica y el alma. ¿Qué es el alma?¿Quién sabe qué es el alma? ¿Y qué pasa con las mujeres que no han disfrutado de una educación católica? ¿A qué se pueden acoger en el caso de ser violadas? Tal razonamiento me parece ingenuo y frívolo.

Lucrecia, que vivió en el siglo VI a. C., se suicidó porque no pudo soportar vivir después de haber sido violada. Lo cual, por cierto, indignó al pueblo romano hasta tal punto, que desterró los reyes (uno de los cuales fue el violador) y puso el principio de la República. Mucho más tarde, San Agustín, cuestionaría la honestidad de Lucrecia, interpretando su violación como adulterio. ¡O, tempora, o, mores! San Agustín no aprobaba el suicidio, y su interpretación del “caso Lucrecia” ocurre en este contexto. A San Agustín poco le importaban los derechos de la mujer, sino la cuestión de que el suicidio era un homicidio y la violación un adulterio. Por tanto, él asume que Lucrecia se suicidó por vergüenza ante su debilidad. Con eso, Lucrecia ya estaba condenada de todos modos. Además, según el santo hombre, cualquier mujer que presume de su virginidad, debe llevar las consecuencias de ser violada. La frase que cita Millet se refiere al razonamiento de San Agustín de que el ser humano debe buscar consuelo en la vida, no en la muerte, de ahí la pureza del alma.

No podemos saber qué pensó la pobre Lucrecia. Tampoco lo pudo saber él al sospechar que “a lo mejor se dejó llevar por el placer”. Crear un argumento sobre semejante especulación, que además abarca un período de la Antigüedad de diez siglos y se basa en las leyes y costumbres imperantes desde hace quince siglos, para aplicarlo en la sociedad contemporánea, es absurdo.

Es posible que haya mujeres que experimenten un orgasmo durante su violación. Desde luego, me deja perpleja la sugerencia de que las mujeres tardan en denunciarla porque hayan tenido un orgasmo. Debe de ser una fase tortuosa la de anunciar en público que una ha sido violada, de contarlo con pelos y señales, de repetirlo ante abogados, psicólogos, jueces. Nadie tiene ganas de exponerse a esto y encontrar su historia y su foto en el periódico. ¿Acaso se siente una mujer menos humillada porque su cuerpo ha reaccionado de una manera distinta a la que se supone que debe reaccionar una “víctima de verdad”?

Después de tratar la violación, Millet de repente pasa a referirse a las agresiones masculinas en general y a la manera individual de ser percibidas por parte de las mujeres. En mi opinión, así relativiza el posible impacto que agresiones puedan crear en la sociedad en general. Es cierto también que la moral sexual tiene un aspecto puramente individual, pero lo que persigue #MeToo es reducir las agresiones, para que mujeres que se sienten sin la opción de elegir si quieren someterse a ellas sepan que pueden confiar en las leyes creadas por la sociedad en la que viven. Para que no tengan que arreglárselas de alguna manera y tenerse sólo a sí mismas y su resiliencia a la hora de superarlas.

 

Are Americans (still) exceptional? Some thoughts on George Packer’s “The Unwinding: An Inner History of the New America

American Exceptionalism is meant to be the official element both in the ideology of self-perception and in the foreign policy of the USA. But, in terms of society, do people feel exceptional by being part of it? How and where do we draw the line between the romantic concept of a society built on the firm belief in itself and the day-to-day life, where visions and ideals are often not enough or even out of place? Books have already been titled “The End of American Exceptionalism”, prophesying or lamenting the fading away of this ideology. While reading “The Unwinding”, one ends up asking himself: Is it over with the great unbreakable American spirit? This is the foundation, on which the book is built, it is this contradictory mixture of the sensation of being left alone and being compelled to make it, precisely because and despite the fact that nobody helps you: this is how America works.

The book offers a look at the last 30 years of the American society and a story of its decay. Written in a clear, transparent journalistic style, “The Unwinding” doesn’t analyze or interpret, it tells, interweaves stories, stories are intertwined from the reader’s angle, like parts of a puzzle which displays a realistic picture of US-society and its day-to-day life, bare of slogans and ideologies. The king is naked.

What makes American society exceptional is the concept of individualism and the expectation to live up to it. But reality looks different, the foundations on which American society is built and is proud of like religious faith, vertical mobility, the classless society, are a myth, “Schnee von gestern”. Americans born after 1980 attend church far less frequently than young people did in the past, religious faith and values are losing importance. Vertical mobility seems not to be taken for granted any more: income and education are two of the main factors which dampen social mobility. Poverty is growing (holy 47%, Batman!, as Krugman exclaimed), the constitution is antiquated. People are concerned that a stronger social policy may turn the USA into a socialist country, individualism would wane.

“The Unwinding” restrains from judging, at first sight: Packer limits himself to tell a story, even if he sounds, at times, astoundingly personal. The characters comprise people from different social strata and build stereotypes, from members of the governing elites, who end up deeply disappointed by the political game, multimillionaires, self-made men, who support ingenious and ambitious young Americans to make the world a better place, through middle-class businessmen and rappers whose only goal is make money and write the story of their own glory, through bloggers and losers, to people who come from the lowest strata of society and manage to reinvent themselves and find stability.

Politics and economy play this game together. Like that Nothing in “The Never-ending story”, it is a mechanism which eats up, swallows everything and everybody on its way. Packer doesn’t ask, whose fault it was, it is. “Greed” is the word that slickers through the pages of the book. But, can we blame Americans for being the way they are? For having made themselves, as the rules of the American Dream require? To keep the image of being exceptional, one has to sweep certain things under the carpet. If you pray individualism, you can’t expect a social state.

One inevitably has to compare the country now with the story Steinbeck narrated in “The Grapes of Wrath” not so long ago, during the Great Depression, in which the family from Oklahoma set off on their journey to California towards a survival, and each day of that journey was a fight and victory against hunger, misfortune, bad luck, against life. Some things have not changed. Land used to mean money, and money meant power. Today, land has been replaced by technology, but life still seems to be a journey to the Promised Land. The tools have changed, some rules have changed, but the commodity, the human material in its essence hasn’t.

From the arrogance of a European point of view, life must be hard for the people living in “small town America”, in the central states, far from the bustling cities on the East and West coasts, where petrol means life, a job, everything, because otherwise, due to bad (or lack of) infrastructure one is isolated from the rest of the world. We compare their living standard with our ” Old-World”, European one: where cities and towns are packed with people and cars, but where infrastructure, public transport are -relatively- reliable, above all, they exist. One is never cut off, unless he wants it and, which is more important, is able to afford it. This is one of the merits of the social state: too much society.

On the other hand, a radical attitude towards academic education and the whole academic system is demonstrated by people on the top of society (top measured in income). Unless you want to get into politics and make a career, say, unless you want to be part of the system and play its rules, the system is useless. On the top of society, people openly accuse universities of being lazy, restrictive and encourage young academicians to create their startups and fulfill their dreams outside the academic system. Now, this must hurt. It doesn’t really leave us baffled, though: It is a logical effect of the highly praised American Individualism.

At European universities, until not long ago the concept of the university as a forum reigned, a place where ideas could be exchanged, ideals created, where great thoughts and movements could come to life. In the end, the good old and old-fashioned 19th– century model. But then, the Bologna educational reform was approved to make academic education more practical, functional, corresponding to society’s and world’s needs. Unfortunately, it has created students who go through courses, subjects, and exams mechanically. Very few of them excel thanks to their creative mind and a spirit to change things for better, thanks to inspiration. I’m not saying that America can boast about its superb, ingenious youth, but at least the possibility to grow unchained exists.

And yet, the real, authentic hero is the average American and with him, this overwhelming feeling of being impotent, a cog in the machine. A hero in the traditional, classical sense, who combats destiny and forges his future, despite politics and economy, because this is what he has always done. Americans are trapped by their own idea of exceptionalism, as it involves the assumption one has to make it on his own. Rules have an only relative importance in a society in which the extremes are so far away from each other. At some point, the author says that the American people have forgotten that they are exceptional, the only thing they need is to remember it and be exceptional again.

The book is a lamento and an ode to the American spirit, to the pride of being American, even if that means to fight and fall and stand up again, always alone. So full of admiration it may sound, this kind of rhetoric could never impress in Europe: too much society, too much state. Individualism is the main ingredient of that complex building called American Exceptionalism. And it can thrive and glitter and become greater and greater only in this society.

So, yes: America huele a moho, and it will need to rethink its identity and image. Values need to change, the concept of exceptionalism needs to keep pace with the time if Americans want to feel exceptional again. And this is not a question of taste, it is a necessity for the whole world, too many things depend on America.

Die grauen Menschen

Es gibt Menschen, die einem nichts sagen, wenn man sie kennen lernt. Ohne eigenes Licht, etwas schüchtern, unsicher. Unwesentliche Gesichtszüge, nicht unbedingt plump: einfach unwesentlich. Diese Grauigkeit, diese Insignifikanz überträgt sich in die Art und Weise, wie sie sich kleiden (sie legen Wert darauf, nicht aufzufallen: manche finden den Mut sogar, diese Insignifikanz in eine wahre Einstellung zu verwandeln, sie zu einem Lebensstil “emporzuheben”), in die Art und Weise, wie sie sich verhalten (keine auffälllige grosse Gesten, keine anspruchsvolle Frasen, bloss nicht laut werden: ihre Stimme hat eigentlich meistens nicht das Register, um laut zu werden.)

Manchmal begeht man den Fehler, einer dieser Personen näher zu kommen: weil die Umstände es so wollen. Man spricht mit ihnen über dies und das, Alltagsthemen wie die Arbeit, die Stadt, das Essen. Man fragt sie nach ihrer Meinung, lacht über ihre Witze, hilft ihnen mit der Sprache (wenn sie die Sprache des Landes, in dem sie sich aufhalten, nicht so gut beherrschen), gibt ihnen einen Tip, um ihnen das Leben einfacher zu machen.

Und dann…?

Erstens, die grauen Menschen sind und werden immer grau sein. Auch wenn sie etwas Vetrauen fassen, bleiben sie immer von demselben grauen Aura umhüllt. Das Grau ist niemals grauer oder weniger grau. Sogar wenn sie sich wohl fühlen, mutig genug, um ihre Grauigkeit und Grausein zu verteidigen und manifestieren, zur Schau zu stellen, sind sie genauso grau wie früher. Manchmal ist es fast schmerzvoll, zuzusehen, wie die Bemühungen, ein etwas sonnigeres grau hinzukriegen, in nichts resultieren.

Zweitens, wenn die grauen Menschen sich zu etwas gerufen fühlen, einen Sinn ihres Lebens gefunden zu haben glauben oder wenn sie schlichtweg glauben, in einer bestimmten Situation eine Erleuchtung bekommen zu haben, dann sind sie am gefährlichsten. Sie greifen an und urteilen: ihre Sternstunde ist gekommen. Sie werden sogar (und vor allem) laut, und das ist vielleicht, was einen wirklich zurückschrecken lässt: diese kleine, von Unsicherheit zitternde Stimme, die sich bemüht, an Volumen zu gewinnen. Aber Lautsein will ja auch geübt werden, setzt eine gewisse Kenntnis voraus. Wenn man laut spricht, beteiligt sich der ganze Körper daran: die Bauchmuskeln, das Diaphragma, die Halsmuskeln müssen entspannt sein, die Stimmbänder zu, und vor allem: projektieren. Wenn man nicht projektieren kann, sollte man lieber leise bleiben. Weil man auch wissen muss, wann laut werden sich wirklich lohnt. So bleibt eben der Versuch, etwas Licht und Energie zu bekommen, dem Jammern nahe, was alle anderen Beteiligten und Zuschauer nur ein Gefühl der Peinlichkeit spüren lässt.

Drittens, in solchen Fällen beissen diese unwesentlichen Figuren gerade diejenigen an, die früher aus (falsch verstandener vielleicht ?) Menschlichkeit ihnen ein Stückweit geholfen haben, an eben dieser Charakterstärke zu gewinnen, aus der heraus sie jetzt ihre Entrüstung zeigen. Die gleichen guten und naiven Seelen, die ihr Grausein mit ihnen geteilt haben, sogar das Risiko auf sich genommen haben, dass das Grau auf sie abfärbt.

In solchen Situationen laufen einem verschiedenen Begriffe und Konzepte durch den Kopf, in dem Versuch, zu verstehen und sich vielleicht eine Schutzwand zu bauen: Man weiss ja, wenn man es schafft, zu verstehen, dann tut es nicht mehr so weh (häufig angewandt, aber nicht immer sehr überzeugend, wenn die Diagnose “gebrochenes Herz” lautet). Naheliegend wäre der Begriff von der Banalität des Bösen, den Hannah Arendt (unter völlig anderen Umständen) prägte. Arendt hat Recht, egal unter welchen Umständen, ein solches Verhalten wirkt komisch, nicht nur banal. In der eigenen kleinen, engen, flachen, grauen Welt dieser Person ist das vielleicht geradezu eine Revolution. (Wir brauchen das Böse hier nicht zu definieren). In der kleinen, engen, grauen Welt soll man nach gut etablierten Höflichkeitsgrundsätzen leben, die bloss nicht zu viel Emotion verursachen, in der die Bequemlichkeit, die eigene Alltagsroutine, und das Prinzip von Nicht-zu-viel-nachdenken die Hauptfundamente sind, auf denen diese Welt liegt.

Sollen wir vielleicht die Sache abhacken, indem wir sagen: “…denn sie wissen nicht, was sie tun”? Die grosse, grossartige Lehre der Verzeihung, die Geste des Perdons, die uns ein Stückweit näher an die Divinität bringt? Und was tun, wenn “sie” es nicht wissen wollen?

Manchmal fällt es einem schwer, menschlich sein zu wollen. Was tun? Eine graue Seele, die einzig und allein grau sein kann und will – erziehen? bestrafen? gewähren lassen? Es ist schwierig. an das Göttliche zu denken, wenn man heute und jetzt lebt. Eine Binsenweisheit, ich weiss. Ach ja, es geht darum, sich im irdischen Leben dem Göttlichen zu nähern.

In solchen Fällen findet jeder das Mass und die Grenzen der eigenen Grösse. In der Entscheidung, Grossmut zu zeigen und das kleine Persönchen klein und grau sein zu lassen, in der Hoffnung, dass die grauen vielleicht doch etwas Farbe und Licht abbekommen . Die Geschichte hat uns gelehrt, dass dies nicht immer eine vernünftige Entscheidung ist. Ein Revolutionär sein, auch wenn es weh tut: Ist das die Alternative? Weise Aristoteles, als er über den Weg del medio justo sprach, der uns zum glücklichen, erfüllten, zum guten Leben führt. Mit Hochs und Tiefs, mit Ach und Krach scheint manchmal die Suche nach diesem Weg der goldenen Mitte die menschliche Existenz zu bestimmen.