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Mekizi para desayunar

Pasé mi infancia temprana con mis abuelos. Desde mediados de septiembre hasta mediados de junio – iba a la guardería y por la mañana – mi abuela me despertaba temprano para llevarme. En el invierno encendía la estufa antes de despertarme: una de estas que funcionaban con madera, y que tienen la capacidad única de crear la sensación de hogar estén donde estén, con el olor a troncos ardiendo, a ceniza, y también a té de tila, que siempre hervía encima, con hojas y flores recogidas personalmente por mi abuela. Me despertaba y me vestía mientras yo todavía luchaba por abrir los ojos, calentaba antes mis calcetines al fuego, para que el roce con la materia fría de la noche no fuera desagradable.

Por la tarde a menudo me recogía mi abuelo, que ya era jubilado y aprovechaba la oportunidad para dar un paseo. Era nuestro ritual pasar por la pastelería, donde él me compraba una kifla con mermelada dentro: una especie de panecillo dulce de forma alargada, uno de los productos típicos de la época comunista.

Pero lo más espectacular eran los veranos, unos tres meses de dicha absoluta, incesable, irrepetible. Tres meses sin reglas, en los que cada día resultaba único, en los que sentía que el tiempo estaba a mi merced, y no al revés. Los veranos de mi infancia no eran tan calurosos, por la mañana y por las noches solía sentirse una briza ligera, que sólo avivaba el aire y transportaba hacia la nariz todas las fragancias del huerto de mis abuelos: a hojas de tomate y parra, a fresas y manzanos, a narcisos, jacintos, hortensias, rosas y geranios. También se notaba el aroma de abono que llegaba del puesto de las gallinas. En la ciudad pequeña durante el régimen comunista no era nada extraño que cada familia tuviera su propio huerto; las tiendas no ofrecían mucho más que un par de tipos de queso o de salami que se aburrían en los estantes. De modo que en la mesa siempre había huevos frescos, manzanas, uvas o fresas que mi abuela acababa de recoger, y unos tomates enormes (de cuyo tamaño mi abuelo estaba especialmente orgulloso) para la ensalada.

Por la mañana mis abuelos se levantaban temprano y me dejaban dormir. Después de hacer algún trabajo en el jardín, mi abuela se ponía a preparar mi desayuno. No sé quién de las dos estaba más ilusionada: yo en comérmelo o ella en preparármelo. Y eso que de niña yo era bastante caprichosa y solía llevar a toda la familia al borde de la crisis nerviosa – cuando nos sentábamos a la mesa. Nunca vi a nadie dedicarse con tanta entrega a hacerme feliz, que daba por hecho su atención: se le iluminaba la cara al verme comer a grandes bocados el plato que me había preparado. Me hacía mekizi para desayunar: un trozo de masa parecida a aquella con la que en Andalucía se hacen los churros, pero más salada. Se parte la masa en trozos, que se extienden hasta tener una forma alargada y se fríen en abundante aceite. Luego, mientras están calientes, se comen con mermelada, con miel o con azúcar en polvo. Mis favoritas eran con mermelada de mora de zarza, también preparada por mi abuela. Mientras yo comía, ella se dedicaba a hacer tareas de la casa, y echaba un ojo en mi dirección para controlar el número exacto de mekizi por el que iba.

¿Es esto lo que llaman amor incondicional? ¿Sin muchas palabras, sin grandes promesas y gestos pomposos? Sí, para mí el amor incondicional era esto: mekizi para desayunar.

Luego nació mi hermana y las cosas cambiaron, pero en estos primeros años fui la reina del corazón de mi abuela y hasta el día de hoy ando buscando esa dicha en la que viví entonces.

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