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Asesina

Siempre creí que hay una sensación divina en el acto de aniquilar una vida.

¿Cuánto cuesta tomar una vida?

Un abrir y cerrar de ojos, el tiempo que necesita un aliento. Inhalar y exhalar. A veces también me asombra la idea de que la vida es un bien intocable. el sumo bien Me ocurre en momentos cuando experimento la vida real suspendida, en el limbo, como una hipótesis que puede tener varios rostros, según el punto de vista. Resulta gracioso poner boca abajo la realidad, sus pilares éticos, torcer categorías estables, hacer temblar las fundaciones de la sociedad tan sólo con la fuerza del pensamiento. ¿Quién ha dicho que la vida es el sumo bien de la humanidad, que hay que protegerla por encima de todo?

La facilidad y la ligereza que siento cuando me imagino a mí misma tomando una vida ajena son tan presentes que asustan. Me asusta la tranquilidad que siento, la consciencia de ser capaz de hacerlo. Cometer un acto violento contra el bien absoluto. Alguien que está y un momento más tarde no está, y el mérito sería solamente mío. Este pensamiento contiene cierta dosis de absurdo a la vez, dado que no soporto la violencia en ninguna forma, salvo en momentos de rabia, que me posee por completo, en momentos en los que me siento más allá de leyes y normas creadas por el ser humano, en los que mi deseo de aniquilar, mi impulso de asesinar y mi yo se funden y es imposible diferenciar el uno de los otros: soy sólo un instinto asesino, la mano que se lanza en un golpe mortal, el dedo que presiona un gatillo. Hay una belleza singular, excepcional en este movimiento que a la vez carga mi cuerpo y mi mente de adrenalina y me hace sentir invencible, única, a través de y gracias a la exclusividad del acto de matar. Una sincronía absoluta entre mi ser, el ser cuya vida tomo arbitrariamente y las circunstancias que me permiten esta sensación.

Mi necesidad de experimentar la belleza no me permitiría recurrir a métodos poco estéticos como es el ahorcamiento. No hay nada bello en un cuerpo que se agita en sus últimos minutos de vida: los ojos se hinchan, la lengua inflada se hace camino entre los labios que cobran un color azul-violeta, los ruidos de la tráquea que hace un último esfuerzo de guardar un sorbo de aire. Rechazaría también el uso de herramientas cortantes que destruyen la integridad física del cuerpo y convierten este instante de belleza absoluta en un baño de sangre y lo ensucian con su materialidad. Nada orgánico debe destruir su perfección. No usaría veneno porque presenciar cómo una sustancia corroe el cuerpo físico me priva de la sensación de participar activamente en el acto divino, que es romper la unión entre lo material y lo inmaterial, liberar al espíritu de la imperfección del cuerpo.

El éxtasis, que repentinamente inunda mi cuerpo, se expande hasta la última de mis fibras, la belleza monstruosa del momento, en el que la vida en los ojos extraños empieza a desvanecerse y los miembros se convierten en las tristes articulaciones manipulables de una marioneta, – tienen la fuerza y el poder del acto creativo. Siento cómo mis ojos brillan y un calor placentero invade mi cuerpo.

Celebrar la vida aniquilándola, la creación de una obra de arte a través de la muerte, del acto de matar. ¿Se excluyen mutuamente? Si la vida y la muerte están tan cerca la una de la otra, ¿puede haber una manera más convincente de glorificar la primera, a la vez haciendo reverencia a la segunda? Un hommage al ciclo de la vida, a la naturaleza,a la grandiosidad del universo en un solo acto.

¿Existe un prototipo de asesino? Un tipo de hombre, popularizado por la industria del cine, con ojos de un azul que cortaría un trozo de hielo y rasgos faciales masculinos, delicados. Un asesino sumamente erótico. O una mujer vamp: con labios de rojo intenso, y piernas largas y desnudas, por las que todo el mundo se desvive. O quizás un ser anodino, de piel amarillenta que lleva marcado el paso del tiempo sobre sí, un ser canijo, con calvicie y una cara cubierta de arrugas y arruguitas: de risa y penas, de preocupaciones y reflexiones.

Tal como Hannah Arendt descubrió “la banalidad del mal”, deberíamos conformarnos nosotros también con la idea de que el homicida, el asesino lleva en si este mismo rasgo: la banalidad. Al fin y al cabo, en la gloria y en la caída, el ser humano lleva consigo su equipaje personal y ser humano conlleva tanto la capacidad de crecer sobre sí y obrar milagros por la fuerza de la voluntad y la fe en una visión bella, como las arrugas de un personaje sumamente no-interesante, cuya cara común no figuraría entre las caras que quedan marcadas en nuestra memoria. Es difícil aceptar este hecho, ya que matar, asesinar es un acto acompañado de cientos de reparos éticos y morales en nuestra especie, desde hace siglos. Resulta más fácil otorgar al acto, a la voluntad de matar, un sitio aparte y envolverlo en un aire de gloria y heroísmo malentendido, no comprendido. Lo curioso es que de esta manera – a veces – incluso podríamos llegar a liberarnos de valorar, de juzgar sin remordimientos. ¿No es extraño esto: glorificar para no tener que condenar? Por otro lado, los periódicos nos recuerdan a diario de que – en la vida real, matar es un acto muy propicio de la naturaleza humana y nos salvan de la difícil elección entre un outsider exótico y un ser humano banal.

¿Existe una vocación para ser asesino? Asesinar como una actividad que experimentamos en plenitud, en las que sentimos el famoso flow del científico de origen húngaro con el nombre imposible de pronunciar. Probablemente sí. Tal vez sea esta una vocación que deberíamos asfixiar en ciernes. Finalmente, los principios éticos sirven también – entre otras cosas – como mecanismos de control de la sociedad. Pero siempre habrá alguien capaz de apreciar la grandiosidad de aquel instante en el que un ser humano exhala su último aliento gracias a su mano.

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