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Una utopía búlgara

Iglesia San Iliya, Sevlievo, Bulgaria

He llegado a creer que la mayoría de mis paisanos, a veces en secreto, a veces con el corazón en la mano, sueña con que algún día nuestro país volverá a ser un gran reino (tal como lo fue en la Edad Media), con que los territorios búlgaros volverán a incluir Macedonia y con que nos espera un destino digno de un dios en la tierra. Al búlgaro le gusta darse en el pecho y recurrir a su glorioso pasado cuando define su identidad, y al mismo tiempo rechazarla maldiciendo su presente. Siempre lo he considerado una extraña mezcla de narcisismo feroz (aunque esta combinación entre narcisismo y feroz resulta inusual) y auto-odio destructor.

 

Eduardo Galeano decía sobre el pueblo español que vivía con la mirada vuelta hacía el pasado. Me parece que su reflexión es perfectamente aplicable al pueblo búlgaro. Hasta el día de hoy, algunos de los intelectuales con más influencia en el país proclaman que “poner búlgaro en tu pasaporte es un motivo de orgullo”. Un hecho triste para los pobres mortales que no han sido tocados por el dedo piadoso del destino y no han nacido en esta mancha, llamada también “Suiza en los Balcanes”, a los que las circunstancias poco afortunadas han parido alemanes, suecos, uzbecos, o quien sabe qué más.

Tengo la suerte de pertenecer a una tribu a la que uno de sus hijos predilectos, Aleko Konstantinov, ridiculizó un poco, para bajarle los humos, y creó un personaje que reúne en sí todos los posibles prejuicios, clichés y maldades del búlgaro, un personaje oliendo a sudor y cebolla, con un bigote denso como los bosques de los que ha salido el homo balcanicus y una barba de tres días, con poturi (los típicos pantalones que llevaban los turcos a finales del siglo XIX), para recordar que no debemos olvidar nuestros orígenes antes de medirnos con el mundo. En mi país siempre se citan con mucho gusto replicas de este personaje, cuando se ha de burlar a algún político, la mentalidad búlgara, o la vida cotidiana. Sobra decir que los que citan nunca se incluyen a si mismos en el contexto.

El caso es que los búlgaros siempre han sido arrastrados en direcciones opuestas por su propio ego. Nos gusta ser únicos, nos gusta gritar a pleno pulmón a todo aquel que tiene ganas de escuchar que somos los más fuertes en la península Balcánica, los más inteligentes, los más interesantes. Cuando Freud acuñó el concepto del “narcisismo de las pequeñas diferencias”, seguramente se refería a algún cliente que mostraba los mismos rasgos de mis entrañables paisanos.

Elegidos por Dios, así nos gusta llamarnos. En los primeros años después de la caída de la Cortina de Hierro, el país se quedó vacío de recursos en todos los sentidos, había largas colas y el sistema de tickets intentaba salvar de la hambre la mayoría de la población. Entonces, de repente empezaron a aparecer mediums como setas después de la lluvia. Probablemente eramos el país con más mediums per cápita en Europa. Salían en las noticias, doblaban tenedores con la mirada, curaban niños y adultos ante las cámaras, predecían desastres naturales y humanos. La gente miraba boquiabierta, se lo creía todo y luego se lo volvía a contar el uno al otro mientras cotilleaba al teléfono, o en el trabajo, con un tono detrás del cual se escondía la seguridad de “estar enterado”. Cualquier medium tenía más peso y credibilidad, al fin y al cabo contribuía a la sensación de originalidad, sin la cual mi pueblo no puede vivir. El que había consultado a un medium, era como si hubiera tenido una audiencia personal con el Todopoderoso.

También en estos primeros años, quizás por desesperación, o simplemente porque ya no estaba prohibido, la gente se volvió muy religiosa. De repente las iglesias se llenaron con personas adultas que exigían ser bautizadas y aceptadas en el seno de la iglesia búlgara ortodoxa, que afirmaban haber descubierto a Dios. Casarse por lo civil ya era una broma, uno tenía que casarse ante Dios. De repente, de los cuellos empezaron a colgar cruces. Cuanto más enormes, tanto más claro quedaba que su propietario había encontrado la fe. Por lo menos de oro debían ser. La mayoría de los propietarios de las cruces más pesadas que gritaban haber encontrado el camino, pertenecía a los jefes de grupos de la mafia, cristianos devotos y patrocinadores generosos a los monasterios y las iglesias. Grupos que rápidamente nacieron en la época de la transición (que parece que todavía no ha terminado) y controlaban – abiertamente – el lavado de dinero, el tráfico de armas y de drogas, y los diversos clubs y discotecas donde se traficaba.

A mi también me bautizaron, con 14 años. Era imposible negarse a la hambre común de la familia de regalar una cruz a la niña. Era un deseo incomprensible de mi abuelo, el padre de mi madre (que no había sido comunista, pertenecía a la oposición, si es que se podía hablar entonces de oposición). Mi abuela tampoco había pertenecido nunca al partido, porque tenía un tío que había sido cura. Toda su familia entraba en la lista si no de enemigos del pueblo, entonces por lo menos en la de indeseables. En mi familia nunca se había hablado de religión, no solo por los motivos habituales, estaba prohibido, pero sobre todo porque ninguno de mis padres mostraba ningún interés en las cosas de la religión. Extrañamente, en casa sí teníamos la Biblia, a la que había ojeado de niña, pero con eso, mis conocimientos sobre el cuento de Jesús, los mandamientos, el Antiguo y el Nuevo Testamento se agotaban.

Y ahí estaba yo, con los pies desnudos en un barreño con agua, sujetando una vela en la mano.

La decisión de bautizarme, tomada por encima de mi cabeza, sin considerar necesaria ni una palabra de explicación, me pareció un acto de soberana hipocresía. Nunca después se habló de ello, aunque mi abuela celosamente rezaba el padre nuestro en Navidad, bendecía la mesa con incienso, cuyo olor, debo reconocer, hasta el día de hoy despierta en mi una sensación de sospecha y desconfianza.

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