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La lectura

Lo que ella sabía/Lydia Davis

La gente no sabía lo que ella sabía, que en realidad ella no era una mujer sino un hombre, a menudo un hombre gordo, pero más a menudo, probablemente, un viejo. El hecho de ser un hombre viejo le hacía más difícil ser una mujer joven. Le resultaba difícil hablar con un hombre joven, por ejemplo, aunque el joven estuviese abiertamente interesado por ella. Tenía que preguntarse: ¿Por qué está flirteando este joven con este viejo?

La relación que creo con cada texto —hasta cierto punto— se asemeja a una relación amorosa. Aunque en realidad es mucho más compleja. Y más grata.

A la hora de hundirme en un texto me invade un egocentrismo infantil. Necesito identificarme por completo con el personaje, hasta el punto de que, cuando abandono su mundo (el mundo verbal), de repente me siento nadie. Tardo un buen rato en volver a mí conciencia, a la realidad, a sentir mi cuerpo. Es decir, incluso cuando leo y me entrego a las palabras por completo, me pongo a mí misma en el centro. ¿El centro de qué? El centro del intermundo que creo mientras leo, que es a la vez mi mundo y un mundo ahí fuera, que observo y analizo desde la distancia, desde dentro.

Los textos cortos engañan: hay que leer cada palabra. Mejor dicho, me engaña mi soberbia, la costumbre de sobrevolar las líneas con la seguridad de que mi intuición, mi conocimiento infalible, encontrarán las palabras importantes, las frases clave, que son las únicas que tiene sentido leer. Me enfada ver que el autor se ha saltado algún punto de vista: en mí despierta la perfeccionista, la sabelotodo. ¿De dónde venía, por ejemplo, la seguridad de la mujer que los hombres querían flirtear con un viejo? ¿Por qué no dudó de si realmente era un hombre viejo? Si la historia enfoca la autopercepción, tal vez haya otras identidades escondidas en su mente. Tal vez la identidad de un hombre viejo es un capricho de su subconsciente. Debe de ser una mujer a la que no le falta autoestima. Pero, ¿debo yo deducirlo como lectora, debo suponerlo o simplemente es un detalle que la escritora no ha visto en el proceso de escritura? A veces empiezo a darle vueltas a un detalle como este. A lo mejor la escritora (también) se identifica con esta mujer. ¿Qué habrá pensado mientras creaba la historia?

Es preferible no pronunciar mis reflexiones en voz alta: alguna vez cometí el error de verbalizar mi tic de hurgar en la mente de autores y personajes. ¿Cómo explicar que lo que acababa de pronunciar en voz alta era a lo mejor la página 17 del libro de mis laberintos mentales, y que los que por casualidad los oían se habían perdido las primeras dieciséis páginas? Alguna vez habré sonado como alguien cuya cabeza no funciona como debería.

Pero así he descubierto que los años de lectura me han enseñado a identificarme con dos personajes a la vez. Con el autor y con su personaje, perdiéndome sin perderme a mí misma.

Estoy fuera y dentro del texto a la vez, como ya dije, una variante de Alicia en mi propio país de las maravillas. Desde el primer segundo en el que leo ella, fijo una imagen de una mujer de mediana edad, con cabello largo, oscuro, liso. No especialmente atractiva, de tipo sureño, con tintes de la escena alternativa. No sabría decir por qué. ¿Me identifico con las mujeres sureñas? Bueno, ¿qué quiere decir identificarse? Tal vez simplemente encuentro más atractivo el tipo sureño. Empiezo a hurgar en mi inconsciente: las mujeres rubias por algún motivo me dejan fría.

Necesito convertirme en esa mujer, para ver cómo piensa.

Al final, después de haber saltado y buceado hasta el fondo del mundo de la mujer del cuento, salgo, vuelvo a mí y me digo que esto no es nada más que un juego de puntos de vista: rebajarlo a una cotidianidad satisface mi ego, me da la sensación de haber superado la historia, en el sentido de sentirme superior —nunca soy más competitiva que como cuando intento averiguar qué pensaba el autor mientras escribía. Al descubrir su secreto, puedo abandonar el texto tranquilamente.

¿Soy una lectora neurótica? Diría que no. Pero extrañamente, en mí despierta un narcisismo de demostrarme que soy capaz de absorber, que he absorbido el personaje del texto, al autor, hasta el último matiz. Soberbia del ignorante.

Sí, soy egocéntrica cuando leo. No consigo resistirme al impulso de gritar contra las páginas:

—Lo sé, ya lo sé, y mejor que nadie.

Soy la única que es capaz de llegar a los secretos y despacharlos con soberbia.

—Lo sabía, nada del otro mundo.

Y también cuando leo, me desnudo. El texto es mi espejo, choco con mis enredos y tormentas, lucho contra mí, me siento feliz. Convierto a esa mujer sureña en el centro de mi universo. Quizás por el simple hecho de que en él ahora soy yo la que la lee.

 

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Hambre

Pallas Athena, Rembrandt (1655)

Hambre. Intento convencerme de que es saludable pasar hambre de vez en cuando, pero desde el desayuno – algo magro – de esta mañana, que consistió en leche de almendras con cereales, no he puesto nada en la boca: he estado engañando a mis tripas con agua, y a mi paladar con unos caramelos. Me estoy quedando ciega de hambre. Empiezo a sentir una presión en la cabeza: la impaciencia y nervosidad, como dos bloques que suelen superarme en momentos así. Una impaciencia animal, incontrolable, primitiva –

 

– me hace olvidar todo, incluida yo misma.

Me siento reducida al ansia de comer.

Porque estar hambriento es una actitud hacia la vida.

Mi mente necesita saciar su hambre. Tiene que comer: ideas, pensamientos, libros, artículos, personas y personalidades, situaciones, contextos, historias. Todo lo que se encuentre por el camino, hasta atragantarse. Es como un pozo sin fondo: oscuro, y da vértigo cuando miro hacia abajo, intentando averiguar el alcance y lo qué esconde la negrura.

Necesita. Sospecho que en realidad soy yo – todo mi ser – la que necesita. Nade puede escapar de sí mismo, y como en mis textos no puedo sino desnudarme por completo, acabo diciendo verdades inconscientes.

A lo mejor debo hablar entonces del placer que siente mi mente al saciar su hambre. Cambiar el enfoque suele tener un efecto positivo cuando uno se siente atascado y no sabe qué camino escoger. Salvo el sexo, nada puede hacer mi mente disfrutar tanto como el aprender, el saber. Las pequeñas eurekas a las que llego y hacen que se hinchen mis ojos de asombro y que me inunde una ola de calor, y que mis fibras empiecen a vibrar. Sí, es comparable al sexo, y el sexo ocurre en la mente.

Como. Lo extraño es que a veces cuando leo y pienso, o analizo un texto, realmente tengo la sensación de estar comiéndomelo. Literalmente puedo sentir la avidez con la que mi boca y mis dientes parten trozos de párrafos, siento los grandes bocados en mi boca y mis mandíbulas mastican ferozmente hasta que no queda nada.

También siento hambre de sexo. De hecho, creo que el hambre de conocimiento y el hambre de sexo son las dos fuerzas que mueven mi vida. Todo lo demás son detalles. El toque físico, las sensaciones carnales: un plato exquisito o una comida copiosa, correr por el parque o en el gimnasio mientras todos los músculos gritan del placer de sentirse vivos, un abrazo delicado. En realidad, todo ello no es sino la sustitución de lo mismo: sexo.

Sexo. Una exaltación de la vida.

Hay veces, cuando no puedo ni con la una, ni con la otra, me dejo morir. Mi cuerpo entonces es una herida abierta, una llaga ardorosa, una camisa como aquellas en las que envuelven a los locos, que me asfixia, prisión provisional donde se me permiten sólo unos pocos traguitos de luz solar y aire fresco. Mi propio cuerpo es la cárcel de un grito desesperado, primitivo, animal, que necesita romper las paredes y respirar, sonreír, vivir.

A veces simplemente quiero sentir, arquear mi espalda y dejarme llevar. Alguien dijo una vez que si los hombres supieran que las mujeres piensan y quieren lo mismo, muchas cosas serían más fáciles. No sé si es cierto. Dicen también, que habría que educar a los hombres: a ser menos machistas. Lo irónico es que también habría que educar a las mujeres, por lo mismo. Porque el ego no entiende de gender. Y el poder es tan seductor que ni siquiera nos damos cuenta cuando abusamos de él, simplemente porque lo tenemos. De repente el ángulo cambia. De modo que, antes de darnos cuenta, el feminismo podría llegar a ser el nuevo machismo.

Equilibrio. No soy capaz de mantener mis dos hambres en equilibrio. Cuando uno es más fuerte, me obsesiona por completo, no hay sitio para el otro, mis sentidos no lo perciben, mi ser lo rechaza, hasta que le toque su turno. Tampoco soy capaz de predecir cuánto durará el reino de cada uno. Tengo la sensación de que soy esclava de mis pulsiones, y por mucho que intente alabar mi ego, creyendo que soy yo quien dirige mi vida, siempre acabo como una pelota de tenis, lanzada de un lado del court al otro.

Ya, el ego. Y, ¿dónde queda el ego en este juego de pulsiones? Para algo tiene que servir. En el contexto del hambre, el ego me parece una construcción artificial, un payaso creado para divertir el hambre de conocimiento y el hambre de satisfacción física. Un bufón que corre para arriba y para abajo y recurre a todo tipo de trucos y piruetas para asegurarse la atención de sus dueños, por miedo de que puede caer en el olvido o incluso ser desterrado por no ser lo suficientemente divertido e ingenioso.

Amor. Aunque, al final siempre queda el hambre por amar y ser amada. Es insaciable, he nacido con ello.

Sólo somos personas cuando nos situamos frente a otro, nunca de forma aislada. Lo que nos convierte en personas es el vínculo con el otro, la relación de amor,

apuntó Julia Kristeva. El amor es un estado, y también una actitud ante la vida. El vínculo con el otro nos completa, es la forma más clara en la que el amor se manifiesta, pero no nos define como personas.

Recuerdo momentos de mis años universitarios, en los que tenía un presupuesto bastante ajustado durante períodos relativamente cortos. Hubo semanas entonces, en las que me veía forzada a despojarme de todos los caprichos y deseos justificados e injustificados, en las que tenía que reducir mi alimentación a lo más básico, y renunciar a todo tipo de diversiones. Me quedaba entonces en mi pequeño cuarto, donde lo único que podía hacer era leer: la biblioteca universitaria era prodigiosa. Sentía los primeros días una ansiedad, que luego se agudizaba, y me resultaba difícil aceptar que estábamos solamente los libros y yo. Me sentaba ahí, en la incómoda silla (era de las que se doblaban), y leía. Y después de esta primera fase, me envolvía de repente la tranquilidad, la consciencia de que no necesitaba nada, me sentía autosuficiente, no había nada más: sólo yo.

Libertad. Creo que entonces perdí el apego a todo lo material para siempre. Mejor dicho, perdí la tendencia de identificarme con cualquier objeto.

Supongo que con el apego a las personas ocurre lo mismo. Cuando reduzco el contacto al mínimo absoluto, a lo más necesario, siento primero un alivio, como que mi cuerpo y mi mente empezaran a liberarse, a limpiarse de polvorientas energías ajenas. Hasta que al final me siento desenganchada y ajena a todo y a todos. Estoy en el limbo, ligera y pesada a la vez. Para una persona emocional como yo, es bastante difícil purificarse de seres humanos y relaciones humanas. Pero este tipo de hambre también acaba apagándose, todavía no sé si para mejor o para peor. Al fin y al cabo pertenezco a una especie que se adapta a todo.