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Sobre la libertad de decidir

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No hay nada más difícil que cumplir con la tarea: “Escribe sobre lo que quieras”. Este fue el primer ejercicio que me propuso mi profesor del taller de ensayo al que me apunté. De repente el concepto de la libertad toma otros contornos y siento un ataque de ansiedad y ganas de cubrir mi cabeza con los brazos en la posición de feto, esconderme en la cama, contagiarme con algún virus superpeligroso o quién sabe qué más: cualquier cosa sería bienvenida. ¡No quiero ser libre! ¡Quiero que me digan lo que tengo que hacer! A quién le importa que han caído sistemas por la libertad, que es este asunto por el que suelen rodar cabezas y la gente sacrificarse.

Siendo profesora, al instante siento la más profunda empatía para con mis alumnos, lágrimas amenazan a inundar mi rostro, mi labio inferior empieza a temblar convulsivamente y me pregunto como he podido ser una Cruela De Mon y exigirles a mis alumnos, mis pobres niños, que piensen, que muestren iniciativa, que estén alerta a lo que el mundo tiene que ofrecerles.

Es más: soy búlgara, pertenezco a una tribu (que me perdonen mis paisanos por rebajarlos de tal modo) que vive y se desvive por sus raíces, que le encanta graduarse, casarse y vestir sus inocentes bebés recién nacidos en trajes folclóricos, y lo que más le encanta es darse en el pecho y gritar llena de orgullo “soy búlgaro”. Mi país vive pues, tal como lo dijo Eduardo Galeano sobre los españoles en su celebrado libro “Las venas de América Latina”, con la mirada en el pasado. Lo más bonito es emborracharse y cantar juntos canciones patrióticas del principio del siglo pasado, o si es del anterior, incluso mejor. Con la mirada nublada de alcohol y emoción, abrazados. Cantan, y por supuesto forma parte del programa escolar, y eso es a lo que voy en este párrafo: “Aquel que caiga en la lucha por la libertad, no muere..”

Y aquí estoy yo, olvidando vergonzosamente mis raíces balcánicas. La famosa frase de Freud sobre el narcisismo de los pequeños ni la vamos a mencionar, porque estropea el concepto. Pero si, que no sé que hacer con esta libertad.

Siento como gritos de impotencia mueren ahogados en mi garganta antes de haber nacido. Ay, el quejío flamenco con todos sus colores y matices me parte el pecho, y es que ahora, lo juro, por primera vez entiendo completamente, siento y me identifico con todos y cada uno de estos matices. ¡Ay, que peníta!

Todas las ideas de las que me gusta presumir – presumir ante mi misma, por supuesto, porque en realidad me moriría antes de enseñar mis obras a cualquiera – se desvanecen, me parecen tan insignificantes, ridículas, que me siento más pequeña que la hierba. Y me envuelve un existencialismo, que vamos, Camus empalidecería ante mi, acabo preguntándome que para qué tengo que romperme la cabeza pensando, si la vida sigue su paso de todos modos, y nada tiene sentido, y ¿para qué estamos en este mundo, en realidad?

Me acordé que una vez, ojeando una entrevista con Woody Allen leí que cuando le faltaban ideas, se duchaba. Yo también había descubierto este truco, así que me tomé una ducha. Larga. Es cierto, empezaron a surgir frases y palabras sueltas en mi cabezas, como pelotas llenas de agua en el mar. El problema es que tengo que apuntarlas al instante, porque sino a las pelotas les sale el aire y acaban en la canalización. Algunas veces he tenido que salir de la ducha medio goteando para apuntar una o dos frases que considero célebres y que no se deben perder pase lo que pase. Para horror de mis gatos, que no saben que pensar de mi. Por supuesto, en momentos así estoy cabalgando más bien la ola del idealismo, antes que aceptar estoicamente mi vida tal y como es. No sé que opinan mis gatos de todo esto, puede que les dé pena,y que por eso se acercan y empiezan a secar mis pies con la lengua, al fin y al cabo son unos seres amorosos.

En medio de todo este tormento me llega un mensaje de una amiga que me invita a tomar café con ella y con otra amiga. De repente, no tengo ninguna duda que el placer de quedarme sola en casa, escribiendo, sonriendo para mi, es incomparable con la oportunidad de avivar mi vida social un poco gris.

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