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¿Qué les pasa a las mujeres?

Imagen relacionadaYo ya no entiendo qué les pasa a las mujeres. Parecen poseídas, te saltan encima como unas brujas. Así, pa’ná’, se ponen a gritarte, a darse en el pecho. Espuma les sale de la boca. El otro día, casi hago una cruz de miedo, te lo digo de verdad.

Iba yo en el metro, con mi mujer y con el niño. (Es que me nació un hijo hace un año, lo más bonito del mundo. Menos mal que se parece más a su madre por fuera, pero verás que va a ser como yo cuando crezca.) Íbamos pues los tres, sería mediodía. Es que mi mujer es del otro lado de la ciudad, de San Juan de Aznalfarache, y habíamos ido por la mañana a recoger ropa para el peque de la casa de sus primos, que también viven por ahí. Me preguntarás cómo encontré una mujer de San Juan, si yo vivo en Amate. Tú sabes, si uno sale por ahí, se encuentra con todo tipo de gente, tiene ganas de ligar, de hacer cosas locas. Yo estaba en un bar con unos amigos, ella también, y entre cerveza y cerveza, pues entramos en conversación. Yo no estaba mal, y ella me pareció, bueno, la verdad es que no sé cómo me pareció. A veces uno no lo piensa mucho, sabes, y como estaban ahí los amigos con sus bromas, al final la entré y ella no parecía tener nada en contra. Yo si hubiera sabido entonces que era de San Juan, no la habría llamado más: ¿quién te va a ir tan lejos pa’ ver a una chica? Como si en Amate no hubiera chicas, ¡anda ya! Pero luego se le cae el velo a uno y no ve las cosas como son, y además es bonito este jueguecito, y te da un poco de cariño, y ante tus amigos también eres alguien si dices que tienes novia, luego te acostumbras, y así antes de darme cuenta ya estaba yo casado y con el churumbel de camino.

Lo del niño es una cosa, también. Dices que ya eres padre y todo el mundo te felicita y te da un abrazo o una palmadita en el hombro. Pero, ¡hay que ver lo que grita por la noche, eh! Yo con eso no puedo, yo tengo que dormir. Pa’ eso está su madre, que le dé la teta, que le calme, yo qué me voy a meter en eso. Yo de niños no entiendo. Anda que su madre tampoco es que es… Eeh. Cuando se le mete algo en la cabeza y empieza a echarme broncas, chiquilla, yo flipo, de verdad. Yo cuando vuelvo a casa, quiero relajarme, sentarme en mi sofá, tomarme mi cerveza, ponerme mi tele, y ya está. Y esta mujer: el niño y el niño. Hay que ver, este niño, ¡joder! ¿Qué hago yo si se pone a chillar, tengo teta yo pa’ darle?¿Es mi trabajo cogerlo en brazos, si acabo de volver a casa? Tía, ¡que me dejes en paz!

Pero no es mala mujer, y el niño también es muy guapo. A veces me sonríe, y lo cojo en brazos. Me emociono, de verdad. Es que, lo de ser padre hay que vivirlo, te lo digo yo.

Pues eso, el otro día en el metro. El niño en su cochecito durmiendo, mi mujer se sentó y yo también me senté enfrente de ella, que es donde hubo un sitio. Yo es que trabajo en la construcción, cuando me llaman; pero ahora no sale nada, por eso es que me fui con mi mujer a San Juan. Y ahí sentados en el metro, como te digo, le pregunto a mi mujer si me ha lavado la ropa y ella dice que no, que no le había dado tiempo. Y encima se hace la digna, como si no supiera de qué estaba hablando. Tiene una costumbre de ponerse así, con la espalda derecha y mirarme desde arriba. Yo es que no soy muy alto, y es que me dan ganas de cogerla y bajarle la mirada ya de una puta vez. Suerte la suya que estábamos en el metro. Pero se lo dije, eh, tú qué crees, yo esas cosas no me las callo. ¿¡Que no me ha lavado la ropa?! ¿¡Y qué trabajo tienes tú chiquilla si estás todo el día en casa?! Por poco le doy una, ahí mismo en el metro.

Y entonces de repente, no sé de dónde salió esa mujer, que estaba a un par de metros de nosotros. Debe de habernos escuchado. Es que la gente se aburre y se cree que tiene derecho a meterse en los asuntos de los demás. Y cómo empieza a alzar la voz esa, y soltar unas palabras raras: eso de abuso, de derechos, de feminismo. Las que repiten ahora mucho en la tele. Que yo abusaba de mi mujer. Quillo, ¡si es mi mujer! ¿Me vas a decir tú qué hago con ella? Que lo había visto, que iba a denunciarlo. Anda, tía, ¡tírate de la moto! Y empezó a preguntar a la gente que si me habían escuchado también. Hombre, ¡qué me van a escuchar! Que yo no tengo nada pa’ esconder, yo voy con mi mujer y con mi niño. Mi mujer, claro, todo el tiempo haciéndose la digna, calladita con la espalda derecha y la cabeza alta que me dan ganas de partírsela, y esos ojos mirando un poco al lado mio. Como si no tuviera nada que ver con el asunto.

¡Hija de su puñetera madre!

Y la gente asiente con la cabeza, pero sin querer meterse, claro. Hubo un hombre, dice que sí, pero así, sólo con la cabeza, con los labios sin abrir; qué va a decir, no está loco pa’ meterse en esto. Es que las mujeres cuando les entra algo en la cabeza, son peligrosas. No lo voy a saber yo. Empiezan a salirles rayos de los ojos, se ponen a chillar y no te dejan en paz hasta que no se salgan con la suya. Es mejor dejarlas ir que cuando se ponen así ni siquiera un bofetón las arregla. Y yo de pegar no soy, eh, no creas. Yo la violencia la rechazo. Pero es que hay veces que no puedes, la mano te sale sola. Pero entonces es incluso peor, amenaza que se va a ir con sus padres, que no me va a dejar ver al niño, que se va a la policía. Vamos, que me va a meter en un marrón.

Mejor me aguanto.

Y entonces salta otra mujer, que ella también lo había escuchado, que a qué venía, que había que reconocerlo, y yo le explico que estamos hablando de la ropa y que no pasa nada, pero entonces mi mujer:

“¡Que te calles ya!”

Madre mía, de dónde sacó esta voz, como trompeta, que casi me atraganto a mitad de la palabra. Y ahora sí que me mira a los ojos. Yo, si se ponen las cosas así de feas, me callo. Intento sonreír para calmar a la otra, pero ella parece que no se lo traga. Por fin llega nuestra parada, nos bajamos y esta mujer, detrás de nosotros. ¡Vaya suerte la mía, lo que me faltaba! Y sigue caminando con nosotros, y sigue a lo suyo, que no se podía ser así, yo qué sé. Y mi mujer otra vez caminando pa’lante y haciéndose la digna. Y yo ya no sé cómo me metí en estos berenjenales. Ya me preguntaba si no iba a resultar nuestra vecina. o algo, pero menos mal que al salir de la estación ella se fue a la derecha y nosotros tiramos pa’l otro la’o. Yo ya pensé que ahora se iba a enterar mi mujer, pero me dio miedo que la otra nos siguiera para convencerse de que no la iba a pegar. Me di la vuelta un par de veces y no la vi, pero ya no me atreví, y además ya estaba como agobiado, y cansado. Hay que ver esas mujeres cómo cansan, eh. Nunca sabes la que te va a caer. Hasta que llegamos a casa, ya casi se me había pasado, porque vamos, más saludable me parecía. Y mi mujer caminando y ni me mira. Digna, digna. Y el niño durmiendo en su cochecito, como un angelito. Y la lavadora la puso mi mujer la misma noche. Pero vamos, yo a partir de ahora, antes de echarle la bronca, miro quién está al lado, que no quiero meterme en esto, tío, no es sano.

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