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El lenguaje de mi infancia

Obruchenie, Ivan Milev, 1923

 Recuerdo que cuando era pequeña, la lectura provocaba sensaciones contradictorias, confusas en mí. No por las historias que leía, sino por el choque sensual, sensorial que me sobresaltaba al leer algunas palabras. Hoy me parece que estaba tan perdida, adicta a la lectura, menos – o por lo menos no solamente – por lo que aprendía, por las aventuras de las que me hacía participe, sino también por el asombro que formaba parte inseparable de esta actividad: Leer en sí se convertía en una aventura multisensorial, al descubrir palabras nuevas que a su vez me descubrían asociaciones indescriptibles, como relámpagos cortos, repentinos, inesperados que atravesaban mi cuerpo.

Palabras que me parecían extrañas por la combinación de consonantes y vocales, por las sílabas que las hacían vibrar y al pronunciarlas me sonaban como producto de un lenguaje exótico, incomprensible.

La verdad es que pocas veces leía en voz alta: solía leer sola, de modo que estas palabras, estas combinaciones extravagantes de sonidos perforaban mi mente y yo me atrapaba pronunciándola casi inconscientemente, fascinada por la música que creaban.

Quizás la palabra zhivot era una de las que despertaban sensaciones que no sabía definir. En búlgaro significa vida, y la primera letra se pronuncia con un “zh” sonoro, algo entre el catalán “J” y el inglés “J”, acento sobre la o. Siempre ha estado unida a vibraciones como el balbuceo de una fuente, el trémolo de un motor. Svetkávitsa, del verbo svetja que significa iluminar, o relámpago, también me hacía sentir el ta-tam silencioso del rayo, un fenómeno que se anunciaba tan sólo con una raya curvada en el cielo. De niña no tenía ni idea ni de la interpretación como una fuerza fértil, ni de la del relámpago como el falo divino. Pero al pronunciar la palabra svetkavitsa, mi imaginación creaba una sinfonía de sensaciones, mientras la raya luminosa llameaba muda en el cielo.

Por otro lado, mi sensibilidad me hacía demasiado débil ante palabras que no correspondían a mi idea de lo perfecto, y así predeterminaban mis gustos. En búlgaro, la palabra patladzhan significa berenjena. La llamamos también tomate azul. Esta palabra definitivamente no me resultaba estéticamente aceptable, por tanto era impensable para mí comer algo cuyo nombre me parecía feo. Nunca se lo pude explicar a mi familia, pero aquí confieso que la razón principal, por no decir única, por la que desde siempre me negué firmemente a incluir la berenjena en la no muy larga lista de cosas aceptadas por mi sentido de estética (más bien por mi tick agotador de buscar lo ideal en cada objeto o persona), fue esta. Gracias a Dios he aprendido a controlar este tick con los años, o por lo menos eso quiero creer.

Hoy, cuando leo en búlgaro, emerge en mí un conjunto de fragancias, imágenes, leyendas y recuerdos personales. Hacía mi nariz se hace el camino el aroma de la sopa de pollo de mi abuela y de los geranios de su jardín.

Leer en búlgaro me despierta una nostalgia.

Cuando uno decide irse, tiene que asumir muchas cosas: que probablemente no podrá despedirse de seres queridos, que no formará parte de una nostalgia común, que se desprenderá de una identidad que mira hacia un pasado común, un nosotros, un “y te acuerdas cuando…” de los amigos de siempre. Aprendemos a tener voces distintas, risas distintas, en cada idioma que hablamos. Y al volver a hablar el idioma materno, a reírse sobre los chistes que me hacían reír cuando niña, sobre unas expresiones especiales, cuya composición de sonidos y sílabas en palabras me revelan un secreto especial, sólo para mí, me embriaga una complicidad indefinible, insuperable, porque la siento tan profundamente en mi ser que de repente todas las voces, las risas, los yoes, los seres se desvanecen.

El lenguaje es probablemente la última barrera, el último bastión ante el exilio – físico o emocional.

El exilio tiene dos rostros, destierro y santuario a la vez. Dos rostros contradictorios, como una cabeza de Jano. Y cuanto más intenta uno entrever lo que esconde cada rostro, tanto más se pierde y se enreda entre la vida tejida de hechos y el borboteo de sonidos que quedan marcados para siempre en el corazón. En el corazón y en un centro del cerebro, – que indicó Hannah Arendt agarrando su parte trasera de la cabeza – : ahí es donde vive la lengua materna. En algún momento parece que el exilio empieza a convertirse en una quimera, en un estado real e irreal a la vez, dado que lo definimos a través del no-estar, la no-patria: entre los conceptos que forman parte de la identidad, en un estado extraordinario como es el exilio, el lenguaje permanece la única constante. “Lo que queda es la lengua materna.”, apuntó Arendt.

Pienso aquí en los miles que tuvieron que abandonar Alemania en los años treinta, entre ellos: muchos de sus intelectuales más apreciados, que se convirtieron en símbolos y pilares del pensamiento del siglo XX. Su caso fue un exilio doble: uno impuesto por el régimen nazi, el otro – autoimpuesto – con el lenguaje. Algunos, como los hermanos Thomas y Heinrich Mann, escribieron en su lengua materna desde el exilio, lo cual fue su forma de participar en la Resistencia. Pero hubo muchos otros que decidieron borrar el idioma alemán de su vida y abrazaron por completo el lenguaje y la cultura del país que los acogió.

Cuando uno decide relegar todos estos sonidos, que le han hecho crecer y han moldeado su ser, – cuando los archiva, entierra, reniega – es cuando rechaza lo esencial de su ser. Porque: “Patria es lo que se habla”, decía Herta Müller.

Yo también llevo mi patria, mi eterno hogar en el corazón y en aquella parte de la cabeza, que empieza a vibrar en cuanto percibe la música de mi idioma nativo. De alguna manera, me siento más ligera, más libre, como cuando corría detrás del perro de la vecina en mi infancia y formaba parte inseparable de los campos y los bosques detrás de nuestra casa de campo. Me siento feliz.

 

 

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Una utopía búlgara

Iglesia San Iliya, Sevlievo, Bulgaria

He llegado a creer que la mayoría de mis paisanos, a veces en secreto, a veces con el corazón en la mano, sueña con que algún día nuestro país volverá a ser un gran reino (tal como lo fue en la Edad Media), con que los territorios búlgaros volverán a incluir Macedonia y con que nos espera un destino digno de un dios en la tierra. Al búlgaro le gusta darse en el pecho y recurrir a su glorioso pasado cuando define su identidad, y al mismo tiempo rechazarla maldiciendo su presente. Siempre lo he considerado una extraña mezcla de narcisismo feroz (aunque esta combinación entre narcisismo y feroz resulta inusual) y auto-odio destructor.

 

Eduardo Galeano decía sobre el pueblo español que vivía con la mirada vuelta hacía el pasado. Me parece que su reflexión es perfectamente aplicable al pueblo búlgaro. Hasta el día de hoy, algunos de los intelectuales con más influencia en el país proclaman que “poner búlgaro en tu pasaporte es un motivo de orgullo”. Un hecho triste para los pobres mortales que no han sido tocados por el dedo piadoso del destino y no han nacido en esta mancha, llamada también “Suiza en los Balcanes”, a los que las circunstancias poco afortunadas han parido alemanes, suecos, uzbecos, o quien sabe qué más.

Tengo la suerte de pertenecer a una tribu a la que uno de sus hijos predilectos, Aleko Konstantinov, ridiculizó un poco, para bajarle los humos, y creó un personaje que reúne en sí todos los posibles prejuicios, clichés y maldades del búlgaro, un personaje oliendo a sudor y cebolla, con un bigote denso como los bosques de los que ha salido el homo balcanicus y una barba de tres días, con poturi (los típicos pantalones que llevaban los turcos a finales del siglo XIX), para recordar que no debemos olvidar nuestros orígenes antes de medirnos con el mundo. En mi país siempre se citan con mucho gusto replicas de este personaje, cuando se ha de burlar a algún político, la mentalidad búlgara, o la vida cotidiana. Sobra decir que los que citan nunca se incluyen a si mismos en el contexto.

El caso es que los búlgaros siempre han sido arrastrados en direcciones opuestas por su propio ego. Nos gusta ser únicos, nos gusta gritar a pleno pulmón a todo aquel que tiene ganas de escuchar que somos los más fuertes en la península Balcánica, los más inteligentes, los más interesantes. Cuando Freud acuñó el concepto del “narcisismo de las pequeñas diferencias”, seguramente se refería a algún cliente que mostraba los mismos rasgos de mis entrañables paisanos.

Elegidos por Dios, así nos gusta llamarnos. En los primeros años después de la caída de la Cortina de Hierro, el país se quedó vacío de recursos en todos los sentidos, había largas colas y el sistema de tickets intentaba salvar de la hambre la mayoría de la población. Entonces, de repente empezaron a aparecer mediums como setas después de la lluvia. Probablemente eramos el país con más mediums per cápita en Europa. Salían en las noticias, doblaban tenedores con la mirada, curaban niños y adultos ante las cámaras, predecían desastres naturales y humanos. La gente miraba boquiabierta, se lo creía todo y luego se lo volvía a contar el uno al otro mientras cotilleaba al teléfono, o en el trabajo, con un tono detrás del cual se escondía la seguridad de “estar enterado”. Cualquier medium tenía más peso y credibilidad, al fin y al cabo contribuía a la sensación de originalidad, sin la cual mi pueblo no puede vivir. El que había consultado a un medium, era como si hubiera tenido una audiencia personal con el Todopoderoso.

También en estos primeros años, quizás por desesperación, o simplemente porque ya no estaba prohibido, la gente se volvió muy religiosa. De repente las iglesias se llenaron con personas adultas que exigían ser bautizadas y aceptadas en el seno de la iglesia búlgara ortodoxa, que afirmaban haber descubierto a Dios. Casarse por lo civil ya era una broma, uno tenía que casarse ante Dios. De repente, de los cuellos empezaron a colgar cruces. Cuanto más enormes, tanto más claro quedaba que su propietario había encontrado la fe. Por lo menos de oro debían ser. La mayoría de los propietarios de las cruces más pesadas que gritaban haber encontrado el camino, pertenecía a los jefes de grupos de la mafia, cristianos devotos y patrocinadores generosos a los monasterios y las iglesias. Grupos que rápidamente nacieron en la época de la transición (que parece que todavía no ha terminado) y controlaban – abiertamente – el lavado de dinero, el tráfico de armas y de drogas, y los diversos clubs y discotecas donde se traficaba.

A mi también me bautizaron, con 14 años. Era imposible negarse a la hambre común de la familia de regalar una cruz a la niña. Era un deseo incomprensible de mi abuelo, el padre de mi madre (que no había sido comunista, pertenecía a la oposición, si es que se podía hablar entonces de oposición). Mi abuela tampoco había pertenecido nunca al partido, porque tenía un tío que había sido cura. Toda su familia entraba en la lista si no de enemigos del pueblo, entonces por lo menos en la de indeseables. En mi familia nunca se había hablado de religión, no solo por los motivos habituales, estaba prohibido, pero sobre todo porque ninguno de mis padres mostraba ningún interés en las cosas de la religión. Extrañamente, en casa sí teníamos la Biblia, a la que había ojeado de niña, pero con eso, mis conocimientos sobre el cuento de Jesús, los mandamientos, el Antiguo y el Nuevo Testamento se agotaban.

Y ahí estaba yo, con los pies desnudos en un barreño con agua, sujetando una vela en la mano.

La decisión de bautizarme, tomada por encima de mi cabeza, sin considerar necesaria ni una palabra de explicación, me pareció un acto de soberana hipocresía. Nunca después se habló de ello, aunque mi abuela celosamente rezaba el padre nuestro en Navidad, bendecía la mesa con incienso, cuyo olor, debo reconocer, hasta el día de hoy despierta en mi una sensación de sospecha y desconfianza.

Sobre la libertad de decidir

Resultado de imagen de miedos

No hay nada más difícil que cumplir con la tarea: “Escribe sobre lo que quieras”. Este fue el primer ejercicio que me propuso mi profesor del taller de ensayo al que me apunté. De repente el concepto de la libertad toma otros contornos y siento un ataque de ansiedad y ganas de cubrir mi cabeza con los brazos en la posición de feto, esconderme en la cama, contagiarme con algún virus superpeligroso o quién sabe qué más: cualquier cosa sería bienvenida. ¡No quiero ser libre! ¡Quiero que me digan lo que tengo que hacer! A quién le importa que han caído sistemas por la libertad, que es este asunto por el que suelen rodar cabezas y la gente sacrificarse.

Siendo profesora, al instante siento la más profunda empatía para con mis alumnos, lágrimas amenazan a inundar mi rostro, mi labio inferior empieza a temblar convulsivamente y me pregunto como he podido ser una Cruela De Mon y exigirles a mis alumnos, mis pobres niños, que piensen, que muestren iniciativa, que estén alerta a lo que el mundo tiene que ofrecerles.

Es más: soy búlgara, pertenezco a una tribu (que me perdonen mis paisanos por rebajarlos de tal modo) que vive y se desvive por sus raíces, que le encanta graduarse, casarse y vestir sus inocentes bebés recién nacidos en trajes folclóricos, y lo que más le encanta es darse en el pecho y gritar llena de orgullo “soy búlgaro”. Mi país vive pues, tal como lo dijo Eduardo Galeano sobre los españoles en su celebrado libro “Las venas de América Latina”, con la mirada en el pasado. Lo más bonito es emborracharse y cantar juntos canciones patrióticas del principio del siglo pasado, o si es del anterior, incluso mejor. Con la mirada nublada de alcohol y emoción, abrazados. Cantan, y por supuesto forma parte del programa escolar, y eso es a lo que voy en este párrafo: “Aquel que caiga en la lucha por la libertad, no muere..”

Y aquí estoy yo, olvidando vergonzosamente mis raíces balcánicas. La famosa frase de Freud sobre el narcisismo de los pequeños ni la vamos a mencionar, porque estropea el concepto. Pero si, que no sé que hacer con esta libertad.

Siento como gritos de impotencia mueren ahogados en mi garganta antes de haber nacido. Ay, el quejío flamenco con todos sus colores y matices me parte el pecho, y es que ahora, lo juro, por primera vez entiendo completamente, siento y me identifico con todos y cada uno de estos matices. ¡Ay, que peníta!

Todas las ideas de las que me gusta presumir – presumir ante mi misma, por supuesto, porque en realidad me moriría antes de enseñar mis obras a cualquiera – se desvanecen, me parecen tan insignificantes, ridículas, que me siento más pequeña que la hierba. Y me envuelve un existencialismo, que vamos, Camus empalidecería ante mi, acabo preguntándome que para qué tengo que romperme la cabeza pensando, si la vida sigue su paso de todos modos, y nada tiene sentido, y ¿para qué estamos en este mundo, en realidad?

Me acordé que una vez, ojeando una entrevista con Woody Allen leí que cuando le faltaban ideas, se duchaba. Yo también había descubierto este truco, así que me tomé una ducha. Larga. Es cierto, empezaron a surgir frases y palabras sueltas en mi cabezas, como pelotas llenas de agua en el mar. El problema es que tengo que apuntarlas al instante, porque sino a las pelotas les sale el aire y acaban en la canalización. Algunas veces he tenido que salir de la ducha medio goteando para apuntar una o dos frases que considero célebres y que no se deben perder pase lo que pase. Para horror de mis gatos, que no saben que pensar de mi. Por supuesto, en momentos así estoy cabalgando más bien la ola del idealismo, antes que aceptar estoicamente mi vida tal y como es. No sé que opinan mis gatos de todo esto, puede que les dé pena,y que por eso se acercan y empiezan a secar mis pies con la lengua, al fin y al cabo son unos seres amorosos.

En medio de todo este tormento me llega un mensaje de una amiga que me invita a tomar café con ella y con otra amiga. De repente, no tengo ninguna duda que el placer de quedarme sola en casa, escribiendo, sonriendo para mi, es incomparable con la oportunidad de avivar mi vida social un poco gris.