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Entre la angustia y la confianza: “La pasión según G.H.” de Clarice Lispector

Clarice Lispector

En medio de un bloqueo, estrecho la mano y alcanzo La pasión según G.H. En momentos como este, el bloqueo me parece el estado más horrible, más temible. Más temible que la idea de una tortura física, ya que tiene lugar en mi cabeza. Mi pobre cabeza que amenaza con estallar en cada momento. Y mi boca que hace intentos fallidos de crear, de verbalizar. ¿Si simplemente abriera la boca puedo confiar en que empezará a articular lo que necesito que diga?

La angustia de no llegar -no,más bien, de no ser capaz de empezar siquiera. De tener que enterrar los fetos de mis ideas. Mis ideas que ya adoro o desprecio, antes de haberlas dado a luz. Son míos, soy su madre, me pertenecen por completo. Un pensamiento seductor e iluso a la vez, dictado por las simples, primitivas y demasiado humanas ganas de tener, de controlar.

Desde la impotencia, rechino con los dientes.

Me hacen gritar de dolor las jaquecas de Zeus, que tuvo que parir a Atenea. Estoy más que agradecida, humillada, cuando a través de la pasión de G.H. la sabiduría empieza a hacerse camino hacia el mundo. Quiero que Atenea venga con su casco dorado, en todo su esplendor, reluciente, con su actitud de guerrera.

Porque la sabiduría es una guerrera.

Y la angustia es mía.

La confianza pertenece a G.H. O a Clarice Lispector. O al personaje de Clarice Lispector. Asombrosamente, mi jaqueca y mi angustia empalidecen y se desvanecen -tan sólo- mientras leo sobre el camino hacia el Gólgota de G.H. G.H. también sentía la angustia de no ser madre. A diferencia de Clarice.

La angustia nos hace tan pequeños. Angustia de ser. Angustia ante la vida. Se acomoda en nosotros y nosotros nos acostumbramos a ella. Se convierte en una parte sólida de nuestro ser, y con su peso ocupa allí un lugar propio, se acurruca como una mascota que busca el calor humano e incluso llegamos a sentir satisfacción al sentir ese bultito: es familia, es nuestro hijo, forma parte de nosotros.

Y entonces de repente G.H. alcanza la confianza. Confiar en la confianza es un don, en el sentido bíblico: un regalo de Dios.

La pasión según G.H. es como un espectáculo de danza contemporánea, como un puzle donde todo cobra sentido, grandiosidad, cuando uno se enfrenta al final.

Quiero ser capaz de adorar como adora G.H.

¿Cuál será mi acto ínfimo?¿A qué más debo renunciar?¿Y cuál fue el acto ínfimo de Clarice?

Hace años leí un libro sobre Ignacio de Loyola, uno de mis tesoros perdidos. En su juventud cuidaba a enfermos, leprosos. Un día, se asqueó tanto del pus que salía de las heridas de un enfermo que vomitó espontáneamente. El reflejo de su cuerpo lo trastornó, lo consideró una traición hacia la tarea que se había propuesto, y recogió el pus con la mano y se lo tragó.

La asociación que tengo es inminente: parece que G.H. recorre el camino de un santo e insinúa, quizás inconscientemente, que el camino hacia la santidad está abierto a todo el mundo. Incluso a las mujeres que viven una vida vacía y cuya principal preocupación es mantener su casa bien ordenada y cuya relación más intensa es con la empleada que las odia. ¿Tenemos que superar lo físico para abrirnos el camino hacia la confianza, para superar el orgullo de lo humano? ¿Es este el acto ínfimo? Lo extraordinario es, y lo será siempre, que nadie nos garantiza que llegaremos al estado de gracia, a la confianza. El acto ínfimo es el final del camino, el punto final de la pasión, pero nunca somos capaces de preverlo. Si tenemos suerte, nos será regalada la confianza.

Entonces, el acto ínfimo, el acto de máxima superación del sí mismo, que uno ejerce sin esperar nada más, sin confiar, es el principio de la confianza. El momento en el que uno hace las paces para siempre consigo mismo. El momento en el que uno llega a lo más recóndito de su ser, en el que se desnuda por completo: ante sí.

Nada más difícil que esto: ser su propio espejo.

“La vida, amor mío, es una gran seducción donde todo lo que existe seduce”, reflexiona G.H. ante la cucaracha. La cucaracha con ojos de novia. Tenía que tener la oportunidad de su acto ínfimo para llegar al amor absoluto. El amor de Santa Teresa de Ávila: “Vivo sin vivir en mí”. ¿El amor absoluto?

Después de haber llegado al final de La pasión…, la categoría “absoluto” se queda pequeña para el amor de G.H. Ninguna categoría podría encasillar lo que ella siente. “Un amor mayor”. Ninguna palabra podría hacer justicia al acto de amar, de adorar. Pues el propio acto de confiar, amar, adorar está por encima de cualquier nombre, de cualquier descripción. Es entonces cuando las últimas líneas del libro revelan su sentido:

El mundo no dependía de mí; esta era la confianza a que había llegado: el mundo no dependía de mí, y no comprendo lo que digo, ¡nunca!Nunca más comprenderé lo que diga. Pues ¿cómo podré hablar sin que la palabra mienta por mí?¿Cómo podré decir, sino tímidamente: la vida me es? La vida me es, y no comprendo lo que digo. Y entonces adoro…”

Un camino larguísimo que recorre G.H. en el cuartucho feo, bañado de la luz del sol, observando como la masa amarillenta brota a ratos de la espalda rota de la cucaracha. Algún psicoanalítico célebre diría que buscaba la confrontación con ella, con un objeto o asunto que despierta los miedos más primitivos, incontrolables, inexplicables. Al fin y al cabo, proyectamos nuestros lados feos en otros y la proyección nos ayuda a llevar una vida a la superficie. Nos ayuda a sentirnos humanos, y quizás humano aquí significaría inferior. Pero lo cierto es que uno debe ser preparado para el encuentro consigo mismo, si no, este encuentro lo rompe.

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