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Hambre

Pallas Athena, Rembrandt (1655)

Hambre. Intento convencerme de que es saludable pasar hambre de vez en cuando, pero desde el desayuno – algo magro – de esta mañana, que consistió en leche de almendras con cereales, no he puesto nada en la boca: he estado engañando a mis tripas con agua, y a mi paladar con unos caramelos. Me estoy quedando ciega de hambre. Empiezo a sentir una presión en la cabeza: la impaciencia y nervosidad, como dos bloques que suelen superarme en momentos así. Una impaciencia animal, incontrolable, primitiva –

 

– me hace olvidar todo, incluida yo misma.

Me siento reducida al ansia de comer.

Porque estar hambriento es una actitud hacia la vida.

Mi mente necesita saciar su hambre. Tiene que comer: ideas, pensamientos, libros, artículos, personas y personalidades, situaciones, contextos, historias. Todo lo que se encuentre por el camino, hasta atragantarse. Es como un pozo sin fondo: oscuro, y da vértigo cuando miro hacia abajo, intentando averiguar el alcance y lo qué esconde la negrura.

Necesita. Sospecho que en realidad soy yo – todo mi ser – la que necesita. Nade puede escapar de sí mismo, y como en mis textos no puedo sino desnudarme por completo, acabo diciendo verdades inconscientes.

A lo mejor debo hablar entonces del placer que siente mi mente al saciar su hambre. Cambiar el enfoque suele tener un efecto positivo cuando uno se siente atascado y no sabe qué camino escoger. Salvo el sexo, nada puede hacer mi mente disfrutar tanto como el aprender, el saber. Las pequeñas eurekas a las que llego y hacen que se hinchen mis ojos de asombro y que me inunde una ola de calor, y que mis fibras empiecen a vibrar. Sí, es comparable al sexo, y el sexo ocurre en la mente.

Como. Lo extraño es que a veces cuando leo y pienso, o analizo un texto, realmente tengo la sensación de estar comiéndomelo. Literalmente puedo sentir la avidez con la que mi boca y mis dientes parten trozos de párrafos, siento los grandes bocados en mi boca y mis mandíbulas mastican ferozmente hasta que no queda nada.

También siento hambre de sexo. De hecho, creo que el hambre de conocimiento y el hambre de sexo son las dos fuerzas que mueven mi vida. Todo lo demás son detalles. El toque físico, las sensaciones carnales: un plato exquisito o una comida copiosa, correr por el parque o en el gimnasio mientras todos los músculos gritan del placer de sentirse vivos, un abrazo delicado. En realidad, todo ello no es sino la sustitución de lo mismo: sexo.

Sexo. Una exaltación de la vida.

Hay veces, cuando no puedo ni con la una, ni con la otra, me dejo morir. Mi cuerpo entonces es una herida abierta, una llaga ardorosa, una camisa como aquellas en las que envuelven a los locos, que me asfixia, prisión provisional donde se me permiten sólo unos pocos traguitos de luz solar y aire fresco. Mi propio cuerpo es la cárcel de un grito desesperado, primitivo, animal, que necesita romper las paredes y respirar, sonreír, vivir.

A veces simplemente quiero sentir, arquear mi espalda y dejarme llevar. Alguien dijo una vez que si los hombres supieran que las mujeres piensan y quieren lo mismo, muchas cosas serían más fáciles. No sé si es cierto. Dicen también, que habría que educar a los hombres: a ser menos machistas. Lo irónico es que también habría que educar a las mujeres, por lo mismo. Porque el ego no entiende de gender. Y el poder es tan seductor que ni siquiera nos damos cuenta cuando abusamos de él, simplemente porque lo tenemos. De repente el ángulo cambia. De modo que, antes de darnos cuenta, el feminismo podría llegar a ser el nuevo machismo.

Equilibrio. No soy capaz de mantener mis dos hambres en equilibrio. Cuando uno es más fuerte, me obsesiona por completo, no hay sitio para el otro, mis sentidos no lo perciben, mi ser lo rechaza, hasta que le toque su turno. Tampoco soy capaz de predecir cuánto durará el reino de cada uno. Tengo la sensación de que soy esclava de mis pulsiones, y por mucho que intente alabar mi ego, creyendo que soy yo quien dirige mi vida, siempre acabo como una pelota de tenis, lanzada de un lado del court al otro.

Ya, el ego. Y, ¿dónde queda el ego en este juego de pulsiones? Para algo tiene que servir. En el contexto del hambre, el ego me parece una construcción artificial, un payaso creado para divertir el hambre de conocimiento y el hambre de satisfacción física. Un bufón que corre para arriba y para abajo y recurre a todo tipo de trucos y piruetas para asegurarse la atención de sus dueños, por miedo de que puede caer en el olvido o incluso ser desterrado por no ser lo suficientemente divertido e ingenioso.

Amor. Aunque, al final siempre queda el hambre por amar y ser amada. Es insaciable, he nacido con ello.

Sólo somos personas cuando nos situamos frente a otro, nunca de forma aislada. Lo que nos convierte en personas es el vínculo con el otro, la relación de amor,

apuntó Julia Kristeva. El amor es un estado, y también una actitud ante la vida. El vínculo con el otro nos completa, es la forma más clara en la que el amor se manifiesta, pero no nos define como personas.

Recuerdo momentos de mis años universitarios, en los que tenía un presupuesto bastante ajustado durante períodos relativamente cortos. Hubo semanas entonces, en las que me veía forzada a despojarme de todos los caprichos y deseos justificados e injustificados, en las que tenía que reducir mi alimentación a lo más básico, y renunciar a todo tipo de diversiones. Me quedaba entonces en mi pequeño cuarto, donde lo único que podía hacer era leer: la biblioteca universitaria era prodigiosa. Sentía los primeros días una ansiedad, que luego se agudizaba, y me resultaba difícil aceptar que estábamos solamente los libros y yo. Me sentaba ahí, en la incómoda silla (era de las que se doblaban), y leía. Y después de esta primera fase, me envolvía de repente la tranquilidad, la consciencia de que no necesitaba nada, me sentía autosuficiente, no había nada más: sólo yo.

Libertad. Creo que entonces perdí el apego a todo lo material para siempre. Mejor dicho, perdí la tendencia de identificarme con cualquier objeto.

Supongo que con el apego a las personas ocurre lo mismo. Cuando reduzco el contacto al mínimo absoluto, a lo más necesario, siento primero un alivio, como que mi cuerpo y mi mente empezaran a liberarse, a limpiarse de polvorientas energías ajenas. Hasta que al final me siento desenganchada y ajena a todo y a todos. Estoy en el limbo, ligera y pesada a la vez. Para una persona emocional como yo, es bastante difícil purificarse de seres humanos y relaciones humanas. Pero este tipo de hambre también acaba apagándose, todavía no sé si para mejor o para peor. Al fin y al cabo pertenezco a una especie que se adapta a todo.

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Sobre la libertad de decidir

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No hay nada más difícil que cumplir con la tarea: “Escribe sobre lo que quieras”. Este fue el primer ejercicio que me propuso mi profesor del taller de ensayo al que me apunté. De repente el concepto de la libertad toma otros contornos y siento un ataque de ansiedad y ganas de cubrir mi cabeza con los brazos en la posición de feto, esconderme en la cama, contagiarme con algún virus superpeligroso o quién sabe qué más: cualquier cosa sería bienvenida. ¡No quiero ser libre! ¡Quiero que me digan lo que tengo que hacer! A quién le importa que han caído sistemas por la libertad, que es este asunto por el que suelen rodar cabezas y la gente sacrificarse.

Siendo profesora, al instante siento la más profunda empatía para con mis alumnos, lágrimas amenazan a inundar mi rostro, mi labio inferior empieza a temblar convulsivamente y me pregunto como he podido ser una Cruela De Mon y exigirles a mis alumnos, mis pobres niños, que piensen, que muestren iniciativa, que estén alerta a lo que el mundo tiene que ofrecerles.

Es más: soy búlgara, pertenezco a una tribu (que me perdonen mis paisanos por rebajarlos de tal modo) que vive y se desvive por sus raíces, que le encanta graduarse, casarse y vestir sus inocentes bebés recién nacidos en trajes folclóricos, y lo que más le encanta es darse en el pecho y gritar llena de orgullo “soy búlgaro”. Mi país vive pues, tal como lo dijo Eduardo Galeano sobre los españoles en su celebrado libro “Las venas de América Latina”, con la mirada en el pasado. Lo más bonito es emborracharse y cantar juntos canciones patrióticas del principio del siglo pasado, o si es del anterior, incluso mejor. Con la mirada nublada de alcohol y emoción, abrazados. Cantan, y por supuesto forma parte del programa escolar, y eso es a lo que voy en este párrafo: “Aquel que caiga en la lucha por la libertad, no muere..”

Y aquí estoy yo, olvidando vergonzosamente mis raíces balcánicas. La famosa frase de Freud sobre el narcisismo de los pequeños ni la vamos a mencionar, porque estropea el concepto. Pero si, que no sé que hacer con esta libertad.

Siento como gritos de impotencia mueren ahogados en mi garganta antes de haber nacido. Ay, el quejío flamenco con todos sus colores y matices me parte el pecho, y es que ahora, lo juro, por primera vez entiendo completamente, siento y me identifico con todos y cada uno de estos matices. ¡Ay, que peníta!

Todas las ideas de las que me gusta presumir – presumir ante mi misma, por supuesto, porque en realidad me moriría antes de enseñar mis obras a cualquiera – se desvanecen, me parecen tan insignificantes, ridículas, que me siento más pequeña que la hierba. Y me envuelve un existencialismo, que vamos, Camus empalidecería ante mi, acabo preguntándome que para qué tengo que romperme la cabeza pensando, si la vida sigue su paso de todos modos, y nada tiene sentido, y ¿para qué estamos en este mundo, en realidad?

Me acordé que una vez, ojeando una entrevista con Woody Allen leí que cuando le faltaban ideas, se duchaba. Yo también había descubierto este truco, así que me tomé una ducha. Larga. Es cierto, empezaron a surgir frases y palabras sueltas en mi cabezas, como pelotas llenas de agua en el mar. El problema es que tengo que apuntarlas al instante, porque sino a las pelotas les sale el aire y acaban en la canalización. Algunas veces he tenido que salir de la ducha medio goteando para apuntar una o dos frases que considero célebres y que no se deben perder pase lo que pase. Para horror de mis gatos, que no saben que pensar de mi. Por supuesto, en momentos así estoy cabalgando más bien la ola del idealismo, antes que aceptar estoicamente mi vida tal y como es. No sé que opinan mis gatos de todo esto, puede que les dé pena,y que por eso se acercan y empiezan a secar mis pies con la lengua, al fin y al cabo son unos seres amorosos.

En medio de todo este tormento me llega un mensaje de una amiga que me invita a tomar café con ella y con otra amiga. De repente, no tengo ninguna duda que el placer de quedarme sola en casa, escribiendo, sonriendo para mi, es incomparable con la oportunidad de avivar mi vida social un poco gris.