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Mudanzas

Mi última mudanza me hizo ver que he cambiado. Que ha pasado tiempo y con el ha cambiado la energía con la que me enfrento a la vida. Una vez más, compruebo con asombro que no siento ningún apego a los espacios que hasta hace poco he llamado mi casa y esta vez algo parecido a la desesperación empieza a tomar forma dentro de mí. ¿Soy demasiado flexible? ¿Tengo un perjudicial desapego a lo material? Casi percibo una envidia tímida hacía aquellos que saben con certeza llamar un edificio su hogar, y cuanto más claro oigo las notas de su canto tímido, tanto más definida se hace la impotencia y la sensación de que nunca voy a pertenecer a esta clase de personas.

Pero también conozco historias del otro extremo. Hace unos años leí sobre un artista, por ejemplo, a quien le gustaba amueblar su casa y durante mucho tiempo vivía en algún sitio hasta convertirlo en una obra de arte, para después dejarselo a otra persona: lo abandonaba. Y se dedicaba entonces a amueblar su siguiente vivienda. Así saltó de unas diez casas en un período de diez años – si no me equivoco.

Ahora que lo pienso, las mudanzas tienen algo similar a un corte, por eso en la diversión de aquel artista sospecho también un elemento masoquista. O un juego sumamente superficial, que radica en la imposibilidad de sentirse en casa, de no poder o no querer encontrar un lugar de calma. Lo cierto es también que, si uno centra sus esfuerzos en la apariencia de lo que podría ser un hogar, difícilmente puede entrelazar el aspecto afectivo.

Cuando era más joven, me mudaba más a menudo. Normalmente, porque me aburría en el sitio donde vivía y necesitaba gastar algo de energía. Cogía mis maletas, arrastrada por un impulso de cambiar. Cambiar lo que fuera, donde fuera. El cambio era el sentido de todo el ejercicio.

Hoy, cuando el muchacho gitano que forma parte del equipo de la empresa de mudanzas se dirige a mí con señora, para explicarme cómo empaquetar algo, resuena en mí una advertencia de que esta fase pertenece al pasado. Siento que la energía de mi cuerpo empieza a renegar al impulso de movimiento sin rumbo.

Me siento al desnudo al descubrir cuánto revelan los objetos que forman parte de mi vida diaria y a los que tengo tan poco aprecio. Estanterías que cuentan historias sobre la incapacidad de su propietaria de tratar con la vida real: de cuidarlas del polvo que nieva, invisible hasta convertirse en una capa amarillenta, fina y frágil. Docenas de cosas pequeñas que adornan el espacio delante de los libros. Nunca me gustó cubrir las superficies con cosas inútiles, soy más bien como el pintor que usa la brocha gorda. No soporto hundirme en los detalles.

Pero esta sea quizás la parte más tortuosa a la hora de deshacer una parte de su vida, marcar el final de una época: recoger los pequeños souvenirs, dibujos que algún niño me regaló, el gesto de gratitud de una madre desesperada, encontrar un sitio para cada uno en las cajas, reavivar la historia de cada objeto y decidir si quiero que me acompañe en la siguiente fase de mi vida. Tanta consciencia, a veces, pesa. Me gustaría poder confiar en que podré pasar por ciertas etapas sin este proceso, porque el acto en el que la consciencia cristaliza suele ser, como mínimo, desagradable, sino doloroso, incluso tortuoso y. tal vez por eso, catártico.

Decisiones. Una mudanza consiste, sobre todo, de decisiones. No hay nada más estresante y angustioso que tener que tomar un montón de decisiones en poco tiempo. Requiere máxima concentración a corto plazo, responsabilidad – consciente o no – , un momento de alivio después y luego, con la siguiente camisa, libro, juguete o dibujo, el proceso entero se repite.

Ropa. Recuerdo que mi abuela tenía un armario repleto de sábanas, mantas y manteles, telas, ropa interior, pijamas – que nunca llegó a usar, los guardaba “para nuevos”. Como probablemente hacían muchos de su generación, que habían sobrevivido a la guerra. En su casa no se tiraba nada.

Libros. Uno de mis recuerdos más dolorosos (no dejo de usar la palabra doloroso, y así es como me doy cuenta de que esta mudanza me ha llegado a las entrañas; y yo que creía que había sido una de las fáciles.), físicamente dolorosos. Cuando decidí irme de Alemania, regalé o vendí lo que tenía. Nunca he sufrido tanto, hasta el día de hoy, como cuando tuve que meter un montón de libros en una maleta e ir a venderlos a un librero de segunda mano. Fue mi camino hacia el Gólgota. Apenas avanzaba, arrastrando la maleta, se me hacía un nudo en la garganta – literalmente: sentía como crecía una bola dentro de ella que no me permitía tragar y respirar. Al entrar en la librería, mis ojos ya apenas retenían las lágrimas, mi barbilla empezaba a temblar. Me acerqué al mostrador y susurré: – Tengo unos libros para vender.

No tenía fuerza para hablar. Me dolía el cuerpo ante la idea de vender mis libros.

El golpe (no sé si de gracia) fue cuando el librero echó un vistazo al montón y dijo:

– Cinco euros.

Se me secaron las lágrimas al instante: del shock, de indignación por menospreciar mis tesoros, quizás. Entonces no conocía las reglas del mercado y a pesar de que la mayoría de mis libros eran de segunda mano (algunos de la misma tienda en la que estaba), los consideraba la más valiosa de mis pertenencias.

A decir verdad, lo único que me costó superar en aquella época, fue la pérdida de mis libros. Lo cual muestra quizás lo que siempre he sospechado: que mi lado social ha preferido no desarrollarse. No sufrí así por el fin de una amistad, y la nostalgia que a veces se despierta en mí es catapultada por un apego creado a posteriori.

Tuve que repetir la misma operación con el resto de mis libros en otras librerías de segunda mano en la ciudad y cada vez me moría un poquito más, se me reventaba el corazón. Peor aun, cuando tenía que negociar y convencer a los libreros que valía la pena comprar esa “mercancía”.

Esta despedida resultó tan traumática que los primeros dos años en España no me atrevía comprar ni un libro. Me daba miedo tener que deshacerme de ellos de nuevo y no estaba segura de poder sobrevivirlo.

He creado un mantra para convencerme que es para bien – es para bien, es para bien. Esta última mudanza va a liberarme de los elementos innecesarios de mi vida.