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El amor de Narciso

oscar wilde

Oscar Wilde (1854 – 1900)

Invita a pensar el hecho que el relato breve de Oscar Wilde sobre el mito de Narciso, traducido en español como El Reflejo, en original lleva el nombre The Disciple, El Discípulo. El relato pertenece a una selección de Short stories, publicada en 1894, poco antes de que Wilde tuviera que enfrentarse a un juicio por haber mantenido relaciones homosexuales.

En aquella época ya tenía una relación con Lord Alfred Douglas y se había adentrado en el oscuro mundo de los chicos jóvenes que vendían su cuerpo, en el mundo de las drogas – todo para satisfacer los caprichos de su amado. Con la ironía aguda y elegante que caracteriza su escritura, Wilde centra su relato no en Narciso, sino en el que ofreció el espejo – el río, después de la muerte del hermoso muchacho. Es una especie de post scriptum, epílogo del mito, una especie de “Y qué pasaría si…” El río llora la muerte de su amor perdido para siempre. Pero no se había dado cuenta de que era hermoso:

-Si yo lo amaba […] es porque, cuando se inclinaba sobre mí, veía yo en sus ojos el reflejo de mis aguas.

Así Wilde no sólo relativiza la figura del narcisista, sino que también a través de la ambigüedad intencionada desplaza el peso del vínculo y el concepto de la relación sana: Narciso y el río estaban felices mientras cada uno podía admirar su propia imagen en los ojos del otro.

Conocemos el mito de Narciso, el fenómeno de la personalidad incapaz de amarse a sí misma, que busca rodearse de otros que pueden contribuir a su brillo. Pero Wilde llega más allá y formula la pregunta: ¿qué ocurre, si el otro en una relación también es un narcisista?

En el encuentro entre él y el mimado, caprichoso Lord Alfred Douglas chocan dos narcisistas. No es una combinación común, ya que el narcisista necesita personas que puede dominar, controlar. En cierto modo, el narcisista es victima y esclavo de sí mismo, prisionero de su ego. Pero sería una vía escapatoria fácil sugerir que esta condición convierte a la persona en una figura trágica. Entonces,¿qué une a dos personas narcisistas? Probablemente no es la percepción que tienen de sí mismas, sino lo que quieren reflejar ante la sociedad, ante todo el mundo fuera. El otro, la pareja, debe contribuir a crear y representar esta imagen. Debe de ser una relación que se consume y carcome por dentro, que arrastra a los dos hacia la miseria humana y los hace infelices. Una relación estática, que carece de cualquier potencial de desarrollo, dado que se apoya únicamente al momento en el que uno sirve al otro para que este pueda brillar ante sí. Pero ambos prefieren vivir la infelicidad y seguir “usando” al otro para representarlos ante el mundo.

No sé si en el momento de escribirlo Oscar Wilde pensaba en sí mismo y su relación con Alfred, o si este relato tan breve es sólo una ocurrencia entre las muchas que el prolífico y talentoso dandy tenía. Siendo estudiante, Wilde tomó la decisión consciente de crear su propio personaje – de convertirse en una personalidad extravagante, original, chocante. Le gustaba burlar las normas, mejor dicho: le gustaba sentirse por encima de las normas. A lo mejor le gustaba saberse intocable, a lo mejor confiaba en que su fama, su talento, su riqueza, la posición de su familia serían un escudo lo suficientemente firme para protegerlo de la prudente y rígida posh society. Se equivocó.

¿Se puede curar uno del narcisismo? Más bien puede aprender a reconocerlo y aceptarlo – si quiere. Y Wilde tuvo mucho tiempo de reflexionar y rendir cuentas ante sí mismo. “De Profundis”, la carta a Lord Douglas que escribió durante su estancia en la cárcel, es una declaración de amor definitiva a la persona que le había revelado el camino hacia los abismos del alma humana. Pero también es una declaración definitiva a la vida, y a su propia vida en particular. Wilde está en paz consigo mismo y con las consecuencias que conllevan su decisiones:

To regret one’s own experiences is to arrest one’s own development. To deny one’s own experiences is to put a lie into the lips of one’s own life. It is no less than a denial of the soul.

(Arrepentirse de sus propias vivencias es detener el desarrollo de uno. Negar sus propias vivencias es poner una mentira en los labios de la vida de uno. Es nada menos que la negación del alma)

Ni siquiera el amor genuino que siente por sus hijos puede combatir con la pasión por el joven Lord. ¿Fue amor verdadero que sintió entonces?¿Amó el río a Narciso y Narciso al río? ¿Quién decide qué es el amor y cuándo es bueno?

Con el giro inesperado que da a la historia, Wilde rompe con la idea de que el narcisista elige a personas que carecen de un yo fuerte y que al final acaban aniquiladas por la personalidad autoritaria y el ego del narcisista. Y más allá de esto, no podemos sino hacernos la pregunta: ¿Es esto amor? No lo sé.

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La amistad desde el punto de vista de un narcisista

Narcissus, Caravaggio, 1594-1596

Me gusta pensar que mis amigos deben adornar mi personalidad, mi día a día. Por eso presto mucha atención a quien permito acceso a mi círculo personal. Elijo escrupulosamente, pues no todo el mundo es digno de mi presencia y atención. Desde mi infancia temprana, he sabido que soy distinto y he aprendido a aceptar este hecho con la cabeza bien alta.

Aquellos que he elegido como mis amigos también llevan una distinción por el simple hecho de ser mis amigos, y esto los hace personas únicas, sumamente originales: personas en las que me veo reflejado.

Tener un gusto tan exquisito con respecto a las personas condena a la soledad, debo reconocerlo. Pero prefiero mi soledad antes de rebajarme y unirme a la masa. La función de la masa debe ser, y es, tan sólo un fundamento sobre el cual me elevo para brillar con toda mi excelencia. Por eso, mis amigos, mis fieles seguidores, son en realidad mis discípulos, y es mi deber guiarlos e indicarles el camino correcto. Ninguno debe tener la sensación de que se acerca a mi, que es igual a mi. No tolero la rebelión.

Me atraen las personas cultas, sumamente inteligentes, talentosas. Me resulta fácil ser generoso, magnánimo con ellas para ganarme su amistad, porque, al fin y al cabo, si quiero que su talento me sirva, debo ofrecerles algo a cambio, esto es justo. Me gusta agasajarlos, darles la sensación de que son especiales para mi y ante todo el mundo.

Pero, seamos sinceros, la amistad es algo sumamente sobrevalorado. Es algo que quizás sea bueno para la masa, para el pobre diablo que necesita sentirse arropado por sus parecidos, porque esta sensación insufla seguridad y fuerza. Pero para personalidades como yo, que han sido elegidos para brillar, está claro, que nadie puede aproximarse y medirse conmigo. Las estrellas solitarias brillan más fuerte porque son solitarias.

Hace poco me topé con lo que Séneca dice sobre la elección de los amigos:

Después de la amistad se ha de ser fiel; antes de ella se ha de juzgar…[…]. Reflexiona durante largo tiempo si tú debes recibir a alguno como amigo y, una vez te agrade que se lleve a término tu elección, admítelo con toda tu alma; comunícate con él como contigo mismo. (Cartas a Lucilio)

Conmovedor, decididamente conmovedor. Diría que la primera parte del consejo me parece bien acertada, aunque quizás formulada para el vulgo. Porque personas como yo, dotadas con la habilidad de ver el potencial de alguien para ser mi amigo, quedamos prendados al instante, incendiados ante el reto de ganarnos a una persona que podría servirme con sus talentos. Por eso imagino que el hombre sabio no tomó esto en cuenta en la segunda parte de su consejo.

Recuerdo una anécdota sobre Robert Musil, que leí hace tiempo en el libro autobiográfico de Elias Canetti. Mientras escribía Der Mann ohne Eigenschaften (El hombre sin atributos), más pobre que una rata, el círculo de escritores y artistas que él trataba, se encargó de reunir dinero para mantenerlo, para que Musil pudiera seguir escribiendo su obra de cuya brillantez estaban convencidos. Musil consideraba el dinero algo tan inmundo y despreciable que ni se rebajaba a tocarlo, lo recogía su mujer, que también tenía que ir con él y abrirle las puertas en los sitios a los que iban, ya que Musil se negaba a tocar los pomos, por el mismo motivo.

Debo decir, que Musil hubiera disfrutado con mi comprensión total. Considero que uno debe ser consciente de su excepcionalidad, de su “gigantez”, como probablemente diría Nietzsche y no dejarse suavizar por un concepto tan ingenuo y absurdo como el “amor al prójimo”. Ya lo decía este águila de espíritu universal, sobrehumano:

la razón primordial misma es considerarse un destino, no querer ser “distinto”. (Ecce Homo)

Por eso no me resulta difícil cerrar la puerta para siempre a los que traicionan mi confianza o que tienen la soberbia de creer que pueden aconsejarme. El que da un consejo siempre parte de la suposición de ser superior al que necesita un consejo. Los que osan de convertirse en traidores, y entiendo como traición cualquier intento de rebajarme y ponerme al mismo nivel con la masa, que intentan perturbar mi ser, mi singularidad con su vulgaridad, dejan de existir para mi. Simplemente dejo de verlos, se convierten en aire que mi mirada atraviesa. Porque el perdón es para los débiles.