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Malena

Un vestido se desliza por el cuerpo.

Al cruzar las rodillas

detiene el olor de su textura.

No son los colores de la noche

son los hilos de su trama

los que cruzan la oscuridad.

Detenida, también

la memoria ata sus manos a los tobillos.

Un olor a vino

cruza la puerta

un olor a perfume

sale por la ventana

un olor a sudor se detiene en el cuerpo

las piernas

rasgan el último pedazo de seda.

 Ana Belén López

 

Poco después de media noche Malena dejaría de existir y su nombre de tango no sería más que una burbuja en el vaso medio vacío que encontrarían a su lado. Poco después de media noche sus piernas largas y delgadas dejarían de jugar el juego gracioso con los pliegues de su vestido. Unas piernas morenas, a las que el sol y las olas habían estado mimando durante semanas hasta impregnarlas del sabor de la luz salada.

¿Sería un accidente, tal vez? ¿El efecto mal calculado de un juego indeseado de cuerpos, de testosterona despierta del olor a perfume, calor y verano? Que crea la ilusión efímera de que todo está permitido y que la vida debería ser un gran juego.

Cuando se preparara para salir Malena no pensaría en que aquella podría ser su última noche: ¿¡Quién lo haría?! La juventud consideraría semejante idea una broma de mal gusto. Tal vez Malena quería celebrar aquella noche: celebrarse a sí misma, a su cuerpo joven, mimado por la arena, los rayos del sol y la espuma del mar. Tal vez quería exhibir su piel fresca, enlazar en su cabello denso y largo las miradas sedientas de jugar. ¡Qué fácil es el juego de la seducción! Probablemente sonreiría, con una sonrisa distante que a la vez escondía una invitación. En verano, en la playa, todo el mundo parece atractivo.

Tal vez Malena se pondría aquel vestido de seda, por el gusto de sentir las caricias de la tela, tal vez presentiría el intercambio de miradas y olores, los toques como sin querer de un brazo, la cercanía de un cuerpo que despertaba deseo, un cosquilleo leve en la barriga que evocaría en ella una sonrisa inconscientemente desafiante y un brillo oscuro en los ojos.

O tal vez no sería un accidente. Tal vez algún cuerpo fuerte, musculoso, cegado por la brisa nocturna y el susurro abrumador de las olas creería ser el ser más poderoso del mundo, con la seguridad de que todo lo que deseaba le pertenecía. Es extraña, esta dimensión que se crea, en la que los límites se convierten en espacios borrosos. Tal vez aquel cuerpo fuerte, masculino, no quiso, o no pudo contener su deseo. Tal vez tampoco lo quiso Malena.

Nunca lo sabremos.

La encontrarían entre las sábanas de una habitación de hotel triste. La juventud no merece morir en una habitación de hotel triste, anónima. Yacería ahí, con su vestido de seda rasgado, que seguiría acariciando sus piernas, como un perro fiel que no se separa de su ama

 

 

 

 

 

 

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