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Un comentario sobre el artículo de Catherine Millet “La mujer no es sólo un cuerpo”

Lucrezia, Artemisia Gentileschi (1620-1621)

Poco después de publicar el manifiesto contra el movimiento #MeToo junto con otras intelectuales francesas y dar una entrevista para El País, la escritora Catherine Millet publicaba un artículo en el mismo periódico con el título “La mujer no es sólo un cuerpo”.

 

No chocaría tanto este título si hubiera sido producido como uno de los efectos de #MeToo. Pero saliendo de la pluma de una de las autoras que defienden “el toque torpe masculino” y que lamentó públicamente no haber sido violada para demostrar que esto se supera, definitivamente despierta asociaciones contradictorias. El título sugiere que existe una diferenciación entre el cuerpo y la psique de la mujer, que el debate sobre agresiones por parte del sexo masculino reduce la mujer a su cuerpo físico, y al fin y al cabo, relativiza la violación como delito.

Me sorprende su punto de partida: la sensación de rechazo o incluso repugnancia dentro de una relación, para compararla con lo que puede sentir una mujer durante un acto de violación es la premisa errónea. No importa lo rica y variada que puede ser la vida sexual de una mujer – o al revés: monótona y reducida al mínimo – , ceder o consentir el acto sensual dentro de la relación difícilmente puede ser resumido en una única categoría. Por eso resulta un asunto delicado tratar y decidir sobre los casos de violencia doméstica. ¿Dónde empieza la violencia y cómo podemos demostrarla?

Creo que cuando hablamos de una violación, deberíamos partir del caso “habitual”, que es ejercer un acto sexual contra la voluntad de la persona que la sufre, y no desde las excepciones y las variaciones vagas y ambiguas de cada caso individual.

Pocas veces somos capaces de prever y controlar nuestras reacciones en situaciones en las que nos vemos sometidos a una agresión física y psíquica. Una agresión física siempre tiene un impacto sobre nuestro estado emocional y psíquico. Someterse a la agresión física sin oponer resistencia, como sugiere Millet, es lo que probablemente haría la mayoría de las mujeres en tal situación. Pienso aquí en el caso de La Manada y en la joven forzada a satisfacer sexualmente a cinco personas durante Los Sanfermines en Pamplona. Dudo mucho que ella pensara en que su espíritu sería igual de independiente mientras. El miedo nos paraliza, la impotencia paraliza nuestra capacidad de razonar. Dudo también que alguna mujer se prepara mentalmente para el caso de ser violada, para poder así irse a casa después con la cabeza bien alta, consciente de su espíritu libre e independiente. Me atrevo a decir que el acto de violación nunca, o casi nunca, trata de la simple satisfacción sexual del violador. Es una verdad común de que el que viola, sea un hombre o una mujer, abusa de su posición de poder físico o dentro de una estructura jerárquica. Y sobre todo, abusa porque tiene la oportunidad de hacerlo: porque es el/la más fuerte en la relación que se crea entre él/ella y la persona que se somete. Una violación va de la mano con la humillación, con el terror. Y, no, aunque nunca he preguntado a prostitutas qué sienten a la hora de acostarse con un cliente que no les cae bien, me horroriza la comparación de una violación con una relación que figura como profesional en la sociedad, como un servicio prestado consciente y voluntariamente. Y llegados a este punto, me doy cuenta de que, en su primera parte del artículo, Millet no hace más que crear dos premisas que no sólo que no parecen lógicas, pero – a pesar de que en su manifiesto la rechaza – parece que si no disculpan, como mínimo relativizan la violación como un delito a costa de la víctima.

Probablemente hay que leer el artículo junto con el manifiesto feminista que publicó, del cual queda claro que se oponen a la caza de brujas en la que amenaza a convertirse el movimiento #MeToo, y que defienden la galantería masculina, no la violación. Estoy de acuerdo con lo primero. Sobre todo, porque creo que los que hasta cierto momento se han sentido “oprimidos”, al momento de convertirse en los fuertes del día, cometen los mismos errores. No tenemos reglas claras para definir a partir de qué momento un roce indeseado en el tranvía o en la calle, o en el trabajo se convierte en abuso.

Por eso sorprende incluso más el salto a la referencia católica y el alma. ¿Qué es el alma?¿Quién sabe qué es el alma? ¿Y qué pasa con las mujeres que no han disfrutado de una educación católica? ¿A qué se pueden acoger en el caso de ser violadas? Tal razonamiento me parece ingenuo y frívolo.

Lucrecia, que vivió en el siglo VI a. C., se suicidó porque no pudo soportar vivir después de haber sido violada. Lo cual, por cierto, indignó al pueblo romano hasta tal punto, que desterró los reyes (uno de los cuales fue el violador) y puso el principio de la República. Mucho más tarde, San Agustín, cuestionaría la honestidad de Lucrecia, interpretando su violación como adulterio. ¡O, tempora, o, mores! San Agustín no aprobaba el suicidio, y su interpretación del “caso Lucrecia” ocurre en este contexto. A San Agustín poco le importaban los derechos de la mujer, sino la cuestión de que el suicidio era un homicidio y la violación un adulterio. Por tanto, él asume que Lucrecia se suicidó por vergüenza ante su debilidad. Con eso, Lucrecia ya estaba condenada de todos modos. Además, según el santo hombre, cualquier mujer que presume de su virginidad, debe llevar las consecuencias de ser violada. La frase que cita Millet se refiere al razonamiento de San Agustín de que el ser humano debe buscar consuelo en la vida, no en la muerte, de ahí la pureza del alma.

No podemos saber qué pensó la pobre Lucrecia. Tampoco lo pudo saber él al sospechar que “a lo mejor se dejó llevar por el placer”. Crear un argumento sobre semejante especulación, que además abarca un período de la Antigüedad de diez siglos y se basa en las leyes y costumbres imperantes desde hace quince siglos, para aplicarlo en la sociedad contemporánea, es absurdo.

Es posible que haya mujeres que experimenten un orgasmo durante su violación. Desde luego, me deja perpleja la sugerencia de que las mujeres tardan en denunciarla porque hayan tenido un orgasmo. Debe de ser una fase tortuosa la de anunciar en público que una ha sido violada, de contarlo con pelos y señales, de repetirlo ante abogados, psicólogos, jueces. Nadie tiene ganas de exponerse a esto y encontrar su historia y su foto en el periódico. ¿Acaso se siente una mujer menos humillada porque su cuerpo ha reaccionado de una manera distinta a la que se supone que debe reaccionar una “víctima de verdad”?

Después de tratar la violación, Millet de repente pasa a referirse a las agresiones masculinas en general y a la manera individual de ser percibidas por parte de las mujeres. En mi opinión, así relativiza el posible impacto que agresiones puedan crear en la sociedad en general. Es cierto también que la moral sexual tiene un aspecto puramente individual, pero lo que persigue #MeToo es reducir las agresiones, para que mujeres que se sienten sin la opción de elegir si quieren someterse a ellas sepan que pueden confiar en las leyes creadas por la sociedad en la que viven. Para que no tengan que arreglárselas de alguna manera y tenerse sólo a sí mismas y su resiliencia a la hora de superarlas.

 

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